Tepic, Nayarit (2005)

El 24 de mayo de 2005, en el marco del Festival Cultural “Amado Nervo” organizado por Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit (CECAN) se hizo la presentación de la Carpeta “Espacio no tocado”, una conjunción de grabado y poesía de la pintora Corina Ramírez y el poeta Manuel Benítez. A este evento fue invitado el poeta Roberto Arizmendi a hacer la presentación y comentarios de la carpeta.

 

 

 

 

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Espacio no tocado, una obra para la historia del arte en Nayarit

Roberto Arizmendi

La carpeta titulada Espacio no tocado, ha hecho surgir mi reflexión sobre el ser, el tiempo, el universo, la existencia, a partir de una obra que combina atinadamente, bellos y minuciosos grabados de Corina Ramírez e impecables textos poéticos de Manuel Benítez.

Ambos géneros, por sí mismos confluyen en el espacio creativo de la vida y se dejan combinar para, entreverados y por su propio contenido, irradiar luz y compartirla con quienes aprecian el arte en su prístina esencia.

No nos toca la mano, solamente, sino el tiempo. Somos andantes sin destino preciso, porque la búsqueda se torna esencia de los días.

Descubrimos la verdad, a cada paso, cuando la luz aparece, no sólo en el sendero, sino en lo más íntimo del ser, que se comparte.

Nada es ajeno a los sentidos. El ser humano es reflejo preciso de cada uno de ellos, al roce tenue y terso de lo que se imagina o vive.

A partir del tacto o la vista o el aroma de lo bello que nos abruma, se lanza el mensaje, sin consignas, a la razón, para hacer de lo imaginativo, germen insondable de sueños y alegorías para adornar la vida.

No importa si el ritmo cotidiano del cauce de las horas, genera euforia incontenible o dolores acerbos. Ese es el destino del ser humano sobre el cosmos infinito: saberse frágil pero audaz, para crear de lo inasible o endeble, un torrente de luz y trazos para construir un mundo a la medida del sueño o el deseo; o bien, reconocerse capaz de acomodar todo el universo, en un espacio ilimitado, o en un punto de color elegido, sobre la textura del papel que se entrega como virgen ansiosa para escribir la historia sin artilugios absurdos.

En el proceso de existir, avanzamos por la vida descubriendo la armonía del universo, pero también inventando horizontes diversos que nos traduzcan las incongruencias y miserias humanas, invoquen a los vientos nobles y nos reafirmen el acierto de los pasos.

Los signos distintivos de la vida son luz y movimiento. Con ellos, el hombre y la mujer se encuentran y de ellos surgen los colores y la humedad que inventan en cada acto. También se desencuentran; y otros tonos o matices, invaden de fantasmas el papel, el lienzo, la nostalgia, los minutos.

Espacio y tiempo, son elementos determinantes del escenario mundano de donde surgen, para expresar el sentimiento, el pensamiento y el acto, que descubren y delinean al ser en su esencialidad sin nombre.

Por ello, entre el ajetreo cotidiano y nuestros afanes y desaciertos, en medio de las adversidades o la euforia, surge el deseo de modelar plásticamente o a través de la palabra, ese espacio infinito de los sueños que nos seduce o nos devora; esencia, al fin, de la existencia convertida en arte a través de trazos, imágenes, texturas y poemas.

Cada imagen y cada poema, son una referencia de la historia personal o colectiva, la expresión inequívoca de una escena de la vida; la objetivación de la imagen formada en la mañana, entre la radiante luz del sol del mediodía o en el rejuego nocturno de las horas, donde el ser deja que invada a plenitud el tiempo de su propia historia, sin más matices que los permitidos por la voluntad de decir a su manera el tiempo.

Ciertamente, “la línea es contención del espacio” -como lo escribe Manuel Benítez en sus textos-, “un estruendo de luz (que) surge del espacio no tocado” y que Corina Ramírez entiende, como la integración de los sentidos a través del tacto y la vista, en una expresión que tiende al infinito, con trazos firmes y precisos, delicados, tenues, invocando el llanto que se asoma o el gozo contenido.

Nada hay en el ser que no se exprese.

Nos duele el sabernos vencidos, a veces; inmersos en una soledad de asombro o en el letargo de una espera sin nombre ni calendario previsibles. Nos dolemos del dolor ajeno, soñamos también con otro mundo, pero nuestra condición humana nos impele a desechar lo adverso.

Desde el primer atisbo de luz, al alba, nuestro ser renace del sueño para adentrarse en una vigilia constructiva; un espacio de asombro permanente, por cada secreto descubierto y cada asomo de mágicos destellos que se anuncian. La felicidad no es alucinación de fantasiosos, sino acumulación de puntos de luz que construimos.

Esos momentos de gozo o lacerantes, son la materia prima para decir a nuestro modo el tiempo que vivimos. Dejarlo plasmado como testigos irrestrictos del viento que recorre la existencia y el polvo con el cual construimos nuestra historia.

Esta velada es un homenaje a dos creadores que han conjuntado su virtuosismo para deleite de todos, a través de los sentidos.

El trazo libre, seguro, preciso, inventivo de Corina Ramírez, ha generado imágenes invocadoras del gozo que se adivina y, al anunciarse, se perfila.

Imágenes asociadas a textos de Manuel Benítez que inducen e incitan a la constatación del ser a partir de esbozos intencionales, que devienen trazos firmes de tinta en el papel para engendrar soberbios rayos de luz en sus grabados:

Cito a Manuel Benítez:

Mi afán tiene como fundamento la luz:
Por ella es posible que vivan las formas
en la sábana extendida
_las letras van aquí por encima, a oscuras…

Termino la cita.

Y, de verdad, los textos de Manuel Benítez irradian luz y nos contagian de sus colores convocados, hasta sentir que nos agolpan para reconvertir el cauce de la historia, si acaso se hacinan de resabios lacerantes. No podemos dejar de sentir el gozo de los días, al sentir la luminosidad del texto, igual que del grabado; combinación que es augurio de sorpresas.

Y el “pájaro que pía por su alma” y se torna “pájaro blanco que desprende zinc de su alma pía”, se convierte en ave que ocupa todo el espacio de la dicha, con la imagen de quien desde la altura divisa y preserva la belleza que el mundo genera y comparte, salvando obstáculos y ramajes profanos, como nos lo ofrece espléndidamente Corina Ramírez.

Nada en el mundo detiene a quien decide construir la historia. El ojo avizor domina todo espacio y superficie terrenales, pero se torna pez irreductible para encontrarle al mundo su acomodo. Una manera de que el pez oscuro transite en las espumas y se convierta en “mirada blanca que se abisma”. Magistral conjunción de texto y trazo, en líneas precisas (de luz) en un fondo azul grisáceo que destaca la imagen y da cuenta de la magistral destreza de la artista.

Espacio no tocado, es el producto del trabajo compartido, articulado, minucioso y atento. Una obra que muestra el profesionalismo y la agudeza y sensibilidad de sus creadores, Corina Ramírez y Manuel Benítez, ambos orgullosamente nayaritas.

Una carpeta para la historia del arte en Nayarit, un estado en búsqueda perpetua.

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Una respuesta a “Tepic, Nayarit (2005)”

  1. Luz Elena Spears dice:

    He aqui la historia de un hombre que ha vencido muchos obstaculos desafiantes y seguira venciedolos sin fin…
    para ti no hay limite,porque para ti…este solo es un comienzo,un pequeño paso en la senda de tu vida que ha hecho impacto en muchas mas….