Ciudad de México 2000

Recital de poesía de Roberto Arizmendi – Cd. de México 2000

El martes 6 de junio de 2000, se realizó en la Casa del Poeta, de la ciudad de México, un recital de poesía de Roberto Arizmendi, para presentar su más reciente poemario titulado Inventar la lluvia, editado por la Universidad Autónoma «Benito Juárez» de Oaxaca, organizado por el Consejo nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas Artes.

La velada, a la que asistieron más de 120 personas, se llevó a cabo en el marco de la exposición sobre carteles que La Casa del Poeta tiene montada actualmente, con el ambiente propio de una tertulia literaria, en donde la confluencia de amigos, lectores y amantes de la poesía hicieron acto de presencia, para crear un ambiente de cordialidad y de gran calidez.

inv webLa mesa, en la que participaron Dana Gelinas, Thelma Nava y Otto-Raúl González, presentó algunos comentarios que perfilaron la obra del poeta y su calidad humana. Por su parte, Roberto Arizmendi leyó un texto con algunas reflexiones sobre su quehacer poético y algunos de sus poemas contenidos en el libro Inventar la lluvia.

La poesía es una ventana con postigos

 

Dana Gelinas

1. En uno de sus poemas más sentidos, el poeta español Gabriel Celaya aboga por la poesía necesaria, desnuda, despojada del falso ornamento de la retórica, de la poesía considerada como un lujo, ajena a la friega cotidiana.

La poesía, según Celaya, debe ser un arma contra la soledad o la injusticia; el pan que debe nutrirnos; la compañía que va a nuestro lado cuando ningún otro ser humano lo hace. Neruda comparte este punto de vista, también León Felipe y Miguel Hernández.

Roberto Arizmendi, más a la mano, también parece estar de acuerdo. Basta leer, con orden o al capricho, parcial o totalmente, Inventar la lluvia, su más reciente colección poética, para asegurarnos de ello. Aunque los poemas no van fechados, el lector seguramente siente que hojea las páginas de un diario; y así nos encontramos al azar con poemas amorosos, bitácoras de viaje, estampas contemplativas, textos reflexivos, sueños y formas epistolares; a fin de cuentas, testimonios de vida.

2. A primera vista, la lectura de un diario, y en general de un libro misceláneo, nos puede conducir a lo disperso; de esto uno puede pensar lo siguiente: el poeta recogió los más diversos poemas que sacó de aquí y de allá. Nada más contrario al espíritu de Roberto Arizmendi

Si bien es cierto que Roberto es un poeta lírico, es decir, que la naturaleza y los acontecimientos se subordinan a su yo, a su forma de ver el mundo, o según la clásica expresión alemana, a su weltanshauung, también es cierto que bajo esa diversidad de temas fluyen los canales subterráneos que unen la estructura exterior, y de este modo descubrimos, por ejemplo, que uno de los asuntos más importantes de este poeta aparentemente solitario es el de la solidaridad. Cito sólo dos ejemplos: en el poema «Construir caminos sobre el tiempo», nos da una de las muestras más claras:

Compartí los días
con jóvenes y adultos,
con adolescentes de otra tierra
…………………………..
con ellos aprendí que no hay fronteras.

En cambio , en «Compartiré la noche» la solidaridad se expresa en un tono intimista, más familiar a Roberto, y en él, como en muchos otros textos, propone a la lectora, a la que van dirigidas las palabras, una solidaridad incondicional, dicha de la siguiente manera:

Comeré de tu plato
y estaré en tu lecho
cada día
………….
pero me quedaré contigo
compartiendo tu silencio.

003Aunque el libro se llame Inventar la lluvia, quizá el poema que exprese mejor a este poeta y a su expresión poética sea «La ventana». Si interpretamos el poema, podríamos concluir que el poeta es una casa y una de sus ventanas no es sólo su ojo sino también su poesía, que por sus postigos deja entrar fantasmas, sueños, secretos, lamentos, alegría, apresando lo valioso y dejando salir lo inservible.

El poeta remata cuando afirma: «Una ventana puede serlo todo».

Celebremos, esta noche, una casa con una ventana que registra la lluvia, el amor, los recuerdos y los viajes.

México, D.F., 6 de junio de 2000.

Inventar la lluvia, poemas de Roberto Arizmendi

 

Otto-Raúl González

Sostiene Rainer María Rilke: «Los poemas no son como la gente imagina, siempre sentimientos; son experiencias. Para escribir no sólo poemas, uno debe ver muchas ciudades, mucha gente y muchas cosas; uno debe conocer animales, el vuelo de los pájaros y los gestos que hacen las flores al abrirse en las mañanas…» Y yo agrego: y también deben inventar la lluvia, y cuando hace falta, las palabras.

En este libro, el poeta Roberto Arizmendi se mueve (la poesía es movimiento) en tres territorios que son la dicha, la nostalgia y la búsqueda constante. Y a fe que en los tres llueve copiosamente. Y se mueve a pequeños saltos como pájaro en busca de semillas o de alpiste, aunque en otras circunstancias vuela como un albatros. Y es que sus poemas están concebidos en lo que actualmente se conoce como versos libres o versos blancos. La libertad a la que alude el adjetivo se limita únicamente a la rima. En los versos de Arizmendi no hay rima de ninguna especie, es decir no hay consonantes ni hay asonantes; pero sí existe el milagro de la métrica, que es lo que salva a sus lluviosas versos. La métrica es lo que le da vida a la poesía escrita en verso. Y consiste en la afortunada combinación de pentasílabos, heptasílabos, octosílabos y endecasílabos.

Sentadas estas premisas, visitemos esos territorios en los que el poeta ha querido establecer el imperio de la lluvia.

El primer espacio se llama «La dicha» y empieza a llover desde el principio, ya que el primer poema se llama precisamente «Inventar la lluvia»:

Luz del sol
de mediodía,
los patos retozan en el agua,
juegan con el césped.

Doce campanadas
desde la iglesia.
El pueblo en calma
los árboles inmóviles.

No hay sombras ni fantasmas.
El viento se lleva
los últimos conjuros
para que la divinidad
haga su arribo.

Adentro, oculto,
el tiempo juega
a ser olas del mar
con su rítmico reflujo;
juega a inventar la lluvia
bajo techo.

La dicha que nace
induce a volar papalotes
armar rompecabezas
y dar pinceladas con nuevos tonos
que le dan otro color al horizonte.

Ese verso que dice «la dicha que nace induce a volar papalotes», me ha hecho recordar las palabras de ese gran poeta y narrador uruguayo Eduardo Galeano cuando dice: «Los poetas servimos para condenar las injusticias que le producen dolor y tristeza a la humanidad y para exaltar todo aquello que la alegra». Cómo me gustaría que esta noche cayera sobre todos nosotros en el Valle de Anáhuac, un interminable lluvia de dicha.

Pero si nos preguntásemos cuál es la lluvia que ha inventado el poeta Arizmendi, yo diría que es la lluvia del amor y desde siempre los poetas hemos cantado y se seguirá cantando al amor. Y la lluvia del amor moja los tres territorios de este poemario. Porque como sostiene el autor en esta gema:

A la mitad de la noche,
en el sueño
o en la vigilia
con luna creciente
o lluvia de esperanza
el poema eres tú.

En los poemas de amor escritos a todo lo largo del siglo XX, y en casi todos los idiomas conocidos, han flotado las nubes voluptuosas del erotismo; y en nuestro idioma aparecen a principios del siglo, las audacias eróticas de Juana de Ibarbourou, de Delmia Agustín y de Alfonsina Storni. En las décadas finales de la centuria, la poesía se ha cargado de verdaderos nubarrones de erotismo, lo que se puede comprobar si leemos los poemas de los jóvenes poetas, hombres y mujeres, que lindan con la obscenidad y la escatología.

Lo antes expresado me sirve para resaltar el erotismo que campea en la obra poética de Arizmendi. Citaré dos poemas a este respecto. Uno es «Con tus pasos:

La lluvia escurre por tu piel
sin exabruptos ni prejuicios,
te toca el alma
y humedece el sexo,
el viento sabe de ti
porque blandes tus piernas y caderas
en la cadencia del ritmo
y el embrujo del canto
que entonamos.

Y el otro es «Compartiré tu noche»:

Comeré en tu plato
y estaré en tu lecho
cada día
mientras el sol nos ilumine
y la lluvia
juegue con nosotros.

Te lloraré
cuando decidas
emprender otros caminos
para buscar otro arco iris
y nuevos horizontes.

Pero me quedaré contigo
compartiendo tu silencio
aún cuando la interminable noche
te obligue a penetrar
en el oscuro espacio
de su soledad eterna.

Este es un erotismo de altura y de buen gusto; es como dije antes, una nube voluptuosa que, además, pronto se habrá de convertir en lluvia.

El segundo territorio del libro es la nostalgia. Ese dolor, esa melancolía, ese esplín, como lo llaman los ingleses y esa saudade, como dicen los gallegos y los portugueses, que nos invade cuando estamos lejos de lo que nos es querido. «Nessun mayori dolor qui recordare de tempo felices nella miseria», como decía Dante. «Nada causa tanto dolor como el recordar los tiempos felices cuando estamos en la miseria». Pero el poeta Arizmendi desdeña las complicaciones retóricas y prefiere las formas sencillas del lenguaje; no busca el aplauso de los eruditos y de las élites. Consolida su poesía, sus poemas con el lenguaje sencillo pero profundo que usa el pueblo; por eso es que su poesía llueve sobre todos; prefiere, incluso, el lenguaje coloquial con el cual hace brotar sus imágenes y sus metáforas. Y es que conoce mucho de la vida, y es que ha viajado tanto. Los viajes, y ésta es otra de las cualidades que Rilke exigía a los poetas, como ya lo señalé antes. Para el poeta, la nostalgia es ésta:

No te extrañes
que una noche llueva
entre tu huerto
y tu casa;
busca en las gotas y los charcos
encontrarás ahí
mi llanto
y mi tristeza
que me ahogan.

Y en estas otras líneas el dolor se acrece:

…..
cuando los días
han destilado
el amargo néctar
del tiempo irrepetible
….

Puro y nítido, le ha brotado un magnífico oxímoron cuando se refiere al amargo néctar.

El tercer territorio es el de «La búsqueda constante». ¿Pero qué es lo que busca el poeta?. Busca el amor, el amor universal por supuesto. Y también va en busca de la amistad. Le sobran amigos en todos los países del mundo porque exalta con impaciente entusiasmo el supremo valor de la amistad. «Hay más de veinte siglos / y el grito de Espartaco / nos reclama», dice el poeta, y agrega: «Hoy / el amor, / nos llena de esperanza. / Hoy, / el amor, / nos compromete a todos.»

Y más adelante encontramos esta otra perla:

Me dieron su amistad
-prístino y dulce valor del universo-
como me dieron su mano
sus panes
y su vino.

Y desde Buenos Aires envía este hermoso mensaje humanitario:

Al sur del continente,
el aire casi es distinto
el agua
el vino
todo.

El tiempo
es de dolor y llanto,
la lucha
es grito y esperanza.

Hay un hemisferio
que clama,
espera decisiones,
camina en busca
de la luz y el canto.

Y en Isla Negra recuerda con amor a Pablo Neruda:

Hace ya mucho tiempo
dejaste para siempre
tu Isla Negra
y todavía vamos brincando
por todas tus palabras
para descubrir secretos
y conocer el fuego de la vida…

Después de haber leído con fruición este volumen, como espero que todos ustedes lo hagan, concluyo afirmando que a Roberto Arizmendi lo entusiasman la lluvia, los fantasmas, la noche, el tiempo, la amistad y el amor. ¡Y qué bueno que así sea!

Naucalpan, 5 de junio de 2000

 002 

He ido armando por el camino mi historia

 

Roberto Arizmendi

El hombre construye su vida y reconstruye el mundo con la huella de sus pasos y los minutos de su tiempo. Enfrenta las circunstancias de su entorno, pero fundamentalmente enfrenta los condicionamientos de su esencia, los atomiza para descifrarlos, destruye los que lo limitan o niegan, y construye otro ser, distinto, a la medida de su deseo y de sus sueños; fortalece lo que le es propio y lo potencia, desvanece lo que le contradice; pero con todo lo que observa y percibe, con lo grato y lo adverso, el hombre va perfilando su propia historia y la asume, la expresa y la comparte. Lo único esencial del ser humano, que profundiza en su individualidad, lo realiza en su condición y trasciende su tiempo, es la capacidad de amar y compartir; de ser por sí y de trascender en los cercanos.

El poeta, en su oficio diario, va dando cuenta del mundo personal y del universo que lo rodea; vierte en el papel los dolores que laceran su existencia y los gozos que su cotidianeidad le obsequia.

Testigo de su tiempo, el poeta es cronista activo de su vida y amanuense dócil, escribidor de los aconteceres de otros.

Desde los ya lejanos tiempos de infancia, decidí plasmar sobre el papel mi percepción del mundo. Papel y tinta fueron compañeros y cómplices silenciosos desde entonces; y escribí todo.

En los primeros años: las tardes taciturnas de provincia, con el melancólico tañer de las campanas, el rumor surgido del alborozo de los pájaros entre el ramaje de los árboles de la Plaza de Armas de Aguascalientes; las escenas pueblerinas de feria y de comparsa, de beatitud de las mujeres en la iglesia, de los vendedores de aguamiel y marinas, esmeriles y duros, dulces y pasteles de cántaro, a sus horas.

En la adolescencia: las horas de prensa estudiantil, el descubrimiento de nuevas formas y sonidos en la música, los amores frescos aunque torpes, el tiempo alargado por el gozo de la aventura eterna.

En la juventud: el encuentro con la gran ciudad y sus contradicciones, la rebeldía, el dolor de la injusticia y la represión, el despertar pleno al mundo sin fronteras.

En la madurez: los pequeños o grandes aportes, la respuesta ilimitada a las incertidumbres y a la duda acumulada; el obstinado impulso de conocerlo todo; el irrefragable deseo de compartir la vida sin límites ni tasas; el amor que en la suprema madurez convierte hasta lo insulso e intrascendente en algo esencial para la fusión que da sentido y sublima la existencia, sin angustia o sobresaltos.

Y siempre: el deambular por el mundo y por la vida descubriendo todo, buscando sin descanso, leyendo y viajando para saber que el universo no tiene absolutos ni restricciones, sino sólo aquellas que individualmente cada quien acepte o marque; el amor esencial y profundo que trasciende; la amistad como valor humano que aquilata; los días, como tiempo de construir sin límites los sueños; la esperanza de que cada día hay algo nuevo, aún, por descubrir, en medio de horizontes de luz y trazos de colores.

Mis textos plasman la vida cotidiana, con sus grandes aciertos y sus dudas, con sus dolores y alegrías, con sus muestras de amor y los brotes de desesperanza. Ahí está todo y están todos: los hijos, que son razón de ser y trascender; las mujeres que he amado y me han amado, pero sobre todo el amor que da sentido a mi presente; los amigos a quienes he ofrecido lo más preciado de mi existir: la vida compartida y su respuesta esperada e irrestricta de lealtad, confianza y afecto; y la reseña precisa de los grandes y pequeños momentos de la historia, de todo lo que sucede en el universo, en el acontecer humano, en este presente que me marca.

El título del poemario que hoy se presenta, Inventar la lluvia, refleja el acto esencial del ser humano de realizar de manera permanente el esfuerzo de búsqueda, como actitud de vida, como afán cotidiano de descubrir lo nuevo que llega cada instante y los secretos que aguardan por ahí, en cualquier recoveco del camino o en cualquier espacio perdido del universo que habitamos. Refleja también una forma de encontrarle otra dimensión a las adversidades que laceran. A fin de cuentas, esa es la manera en que el hombre transforma sus afanes y avatares, en plenitud que alumbra la senda para darle sentido y dirección precisa, para arribar a puerto seguro, en donde espera un nuevo tiempo para vivirlo.

El poemario refleja las contradicciones de la vida. El hilo conductor de sus 134 páginas es el amor, entendido como el motor que mueve al mundo desde las primeras referencias de la historia y, por tanto, amor que se refleja en todo: en personas, en hechos, en la ciudad y hasta en objetos. El amor, como la vida, es caja de resonancia de la dialéctica de la historia, de la vida humana, del hombre.

El amor es confluencia de humedades; lluvia, como expresión del cariño que de mil formas se inventa o descubre. La lluvia es, entonces, éxtasis, concreción, deseo, búsqueda para ir armando todo en la vida a la medida del deseo, en el espacio preciso de la plenitud y el gozo.

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Una respuesta a “Ciudad de México 2000”

  1. jose alberto dice:

    pues me gusta mucho tu poesía

    y ya

    soy el de Cd. victoria