Ramón del Llano Ibañez (Queretaro, Qro., 03/04/92)

Navegante sin puerto

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Ramón del Llano Ibañez

En los años más recientes, la Universidad Autónoma de Querétaro, enmarcado en su quehacer de extensión, ha enriquecido el acervo cultural del estado y del país con importantes textos literarios, por ejemplo: los de Silvia Tomasa Rivera y los de Efraín Bartolomé; los dos, Premio Nacional de Poesía.

Además de estos autores ha publicado a otros que inician o perseveran en el arte de la literatura. Tal es el caso del autor de la más reciente publicación de esta institución, misma que tenemos en las manos.

El título atrapa: Navegante sin puerto, porque si algo se extraña en Querétaro no es sólo el mar, las olas portentosas o la brisa, sino a los navegantes sin puerto.

Hay otra razón; nos invoca la obra impar de Pessoa, también el libro de la memorable Paula de Allende, Puerto de Abrigo. Además, nos hace recordar varias líneas finas; Pellicer escribió:

Un mar sin honra y sin piratería,
Excelsitudes de un azul cualquiera,
Y esta barca sin remos que es la mía.

Si bien esperábamos encontrar en el libro una reiteración paisajista, o una reiteración de unos pasos sin destino, encontramos algo diferente en los poemas de Roberto Arizmendi; la primera parte es una búsqueda, la segunda un encuentro. La circunstancia es la vida cotidiana bajo el frío y el fuego del amor; esa desaforada pasión por la vida del otro, esa llama del demonio que nos atrapa, quema, martiriza y nos da la fuerza para sentir el Edén:

Sólo estás tú
en medio de esta oscuridad
que no termina.

(“La noche navegante”).

Antes está la desesperanza:

No ha sucedido nada
aún
la lluvia continúa.

(“Para una tarde lluviosa”).

En otro texto nos dice Arizmendi:

Se nos acaba el siglo
y no encontramos aún
nuestras banderas

(“Voz de aliento y tristeza”).

El final feliz no es edificante; es estar a mitad de

la negra soledad de las ausencias,
el viento que transita
sin puerto ni destino

(“Al partir”).

El autor no se da por la búsqueda de la metáfora estrambótica o sencilla, prefiere el camino sin vericuetos, las avenidas, las calles, las circunstancias y las palabras diarias. Nos hace recordar a otro poeta que recién estuvo presentando su libro en el recinto del Museo de Arte de Querétaro: nos referimos a Hugo Gutiérrez Vega. Pero en Arizmendi la vena no será el desenfado y la ironía, sino el asombro:

Cada sueño es historia.
No me recorre el tiempo
mi pasado.
Estoy por inventarme
cada día.

(“Inventor de mí mismo”).

Este deslumbramiento es con él y con el cosmos:

Quiero despertar
a media noche
y levantarme
a descubrir estrellas.

(“Amar en el camino”).

La literatura (y todo arte) tiene como parte sustancial este anonadamiento sutil y profundo. La cosa más débil se trastoca, lo más mundano se llena de magia. En ocasiones no podremos desglosar el arrebato, pero nos conmueve la vena dulce y melancólica que llevamos en las entrañas.

Lo que hay en líneas como: perdernos en las dulces sombras, la noche será así, nuestro destino, no es sino el alma sin sitio, el cuerpo sin sombra, la palabra sin eco, en la voz de Pessoa: como si fuese la sombra de una nube que pasa sobre el agua sombría.

La invitación, entonces, es a abrir estas páginas, a encontrar en las palabras (en su signo y en su silencio), el mundo sin destino, el extrañamiento de navegar sin puerto.

 

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Texto leído en la presentación del libro Navegante sin puerto, realizada dentro del programa de la XIII Feria Internacional del Libro, en el “Palacio de Minería”, de la Universidad Nacional Autónoma de México, Tacuba 5, Centro de la ciudad de México, el domingo 1º de marzo de 1992, y posteriormente, en el Auditorio “Fernando Díaz Ramírez” de la Universidad Autónoma de Querétaro, Ciudad Universitaria, Querétaro, Qro., el 3 de abril de 1992.

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