Miguel Manríquez (Hermosillo, Son., 04/09/97)

Construir los sueños

Texto leído en la presentación del libro
Construir los sueños.

Miguel Manríquez

Como el libro de Roberto Arizmendi Construir los sueños es un epistolario, es decir un conjunto de cartas, para hacer los comentarios en la presentación de este libro, pensé que la mejor forma de festejar el texto era escribiendo una carta a mi vez. Conozco a Roberto desde hace como quince años y nunca le he escrito una carta, siempre las ha escrito él.

Hermosillo, Sonora, Verano de 1997.
50º latitud norte, 24′ longitud este,
brisa a sotavento.

Estimado Roberto:

Mediante apreciable conducto recibí tu libro Construir los Sueños, edición del ITH, y todavía permanece reciente la vez que te dije que padeces una rarísima afección: la buena literatura; además, te das el lujo, en estos tiempos virtuales, de escribir cartas para los demás. Al igual que en otras ocasiones, como ha sucedido desde hace casi diez años, se me hizo llegar otro libro tuyo para confirmar lo anteriormente dicho. Hace como tres focos de 60 watts, dos botellas de ron, tres libretas universitarias, seis seminarios académicos, 39 juntas, ochenta cajetillas de cigarros, 345 cafés, tres mil llamadas telefónicas y cuarenta libros que no sabía de ti y hoy me encuentro con ese epistolario tuyo.

Ello me hace tener la certeza que, sin desearlo, tengo el privilegio de conocer tu obra en diferentes etapas y diversos momentos por lo que el libro que hoy se presenta no me es ajeno por ningún lado: ni por el autor, ni por el material presentado, ni por la institución que lo publica. Luego entonces, resulta que uno se resiste a olvidar a la buena literatura, los excelentes poetas y, sobre todo, los buenos amigos: esos que no dan lata nunca, que están provistos de una bonohomía natural, discreción a toda prueba y, sobre todo, talento. Con este libro confirmé, también, que eres muchos hombres que coexisten, sin discordia alguna, en el mismo artista.

Tu ya largo periplo de treinta y cinco años dentro de la literatura significa que transitas por el lenguaje y el mundo sin más elementos que la percepción. Al igual que en otros libros tuyos, leerlos es una oportunidad para revisar tu sistema de pensamiento, es una oportunidad para mostrar un oficio en donde siempre tienes algo que decir del mundo, de la vida y de lo elementalmente humano. Todavía no alcanzo a entender ese afán tuyo de construir sueños para compartirlos a partir de tu experiencia pero, supongo, que intentas construir un ingenio para compartir comprensión y conocimiento.

Como ya es mi costumbre, mejor te comento las reflexiones que en mi ánimo despierta tu libro, sin más pretensiones de valoración estética porque eso mejor se lo dejo a los que saben de literatura. Sin duda alguna, este libro mantiene el tono de tu obra literaria anterior, es decir, un discurso referencial que nos lleva a tus lecturas y a tu percepción del mundo. Por tanto, recuperar la memoria a través de la epístola sigue siendo la mejor manera de practicar los íntimos exorcismos que nos llevan a organizar el conocimiento del mundo: el mundo de lo cotidiano, y al cual, generosamente, invitas a participar de tu experiencia y su sentido. Este libro tuyo es algo así como dar cuenta de una portentosa conversa que no se agota en la charla cotidiana, sino que es obligatorio continuar en forma de diálogo interno.

Esta es una carta tardía. Desde hace mucho tiempo -poco más de diez años- tuve la certeza de que, irremediablemente, terminaría escribiéndote unas pocas líneas. Desde el primer encuentro con tu obra acepté el diálogo lejano, silencioso y definitivo. Hoy, aprovechando el medio y la circunstancia, puedo, sin temor alguno, decirte lo que pienso del mundo de la vida y del mundo de los hombres (a la manera de nuestro maestro Alberoni). Decirte que es tan duro el oficio de ser hombre que solamente el encuentro con ciertos libros reconfortan porque reconoces que, afortunadamente, hay gente como uno.

El tiempo sigue siendo una de tus preocupaciones. Al respecto puedo decirte que estoy de acuerdo: pensar en un tiempo lineal y progresivo es, quizá, una de las erróneas creencias más interiorizadas en el hombre. Casi siempre, el reencuentro con uno mismo es el inicio de un tiempo de reflexión interna y de renovación del espíritu. Es el tiempo de alimentar esperanzas, es el momento de renacer en uno mismo con el secreto deseo de cambiar el orden de los pequeños universos que nos habitan desde siempre. Casi siempre, el volver a uno mismo es el puerto a donde se llega con el dulce sabor de la reconstrucción cotidiana y personal del mundo de la vida, del mundo de los deseos y las esperanzas.

La epístola es un intento por volver a escucharse para reescribirse; es aprender a iniciar, otra vez, el antiguo ritual de recuperar el diálogo interno y perseguir, ilusionados, los olores dispersos en el tiempo. Entonces y sólo entonces comprendemos la necesidad de volver a empezar las fragorosas batallas de todos los días para recordar las presencias y las ausencias, los afectos y los odios, las vocaciones y los deberes, las despedidas y las estancias, las realidades y las utopías.

Supongo que escribir cartas para sí mismo es emprender el camino de los compromisos íntimos. Es aprender que nuestro tiempo -éste que nos tocó vivir- es el tiempo de las postergadas promesas tejidas al calor de los desánimos y la nostalgia. Tienes razón: hoy es el tiempo del retorno a los ideales primigenios cincelados en el condición humana que habita en lo más profundo de la conciencia y el espíritu. Tu libro me dice que es el tiempo de dar, sin soberbia, lo mejor de nosotros mismos sin esperar nada en contraparte. Es el tiempo de vivir y ser vividos.

También es la hora de recuperar los sueños olvidados de quienes nos antecedieron en el tiempo. Por ello, volvemos la mirada hacia los otros con el afán de encontrarnos a nosotros mismos desprovistos de artificiosas máscaras e inútiles corazas que oprimen y lastiman. Reconocernos en el otro, es aprender el duro oficio de vivir sin amarras, buscando reconstruir los sueños que, alguna vez y en cierto momento, destruimos sin saberlo. La presencia del otro bajo este mismo aire alimenta nuestra eterna búsqueda del ritmo natural de los hombres y los afectos, de las ideas y las sensibilidades, de las vidas y los destinos.

Reescribirse es aprender a transitar por los espacios vitales de los demás con el sólo propósito de comprenderlos sin más condición que la lealtad a nosotros mismos. En este tiempo que compartimos, pensar en los otros es, casi siempre, un esfuerzo por reconocer el rostro propio en el espejo; es pensarnos como seres universales y contemporáneos que, al igual que los demás, anhelan derribar los añejos muros que fragmentan y dividen. Es, a fin de cuentas, el insignificante acto de izar banderas desde nuestra pequeñez histórica.

Creo que sabes muy bien que nosotros, los poetas, los eremitas solitarios, comprendemos que la palabra horada emociones, siempre a flor de piel, que fluyen incontinentes desatando tempestades que engrandecen o aniquilan. Las voces poéticas, ya sea mediante versos o cartas, buscan deshacer los nudos que nos atan a la tristeza y la nostalgia; en ese leve y trémulo momento nos negamos a los fantasmas personales que atosigan el espíritu. Cuando la mirada se cruza con otras miradas, el mundo se mueve un poco y resplandecemos con volátil grandeza momentánea.

Con mis casi cuarenta años encima, estoy de acuerdo contigo en que llega el momento de asumir aquellos compromisos y deberes que los demás han puesto en nuestras alforjas, como quien apuesta sus sueños y esperanzas a la utopía colectiva. Una vez más, invitas a emprender el viaje convencido de que, junto a los demás, viviremos tiempos simultáneos con el único y común propósito de alterar, aunque sea un poco, el devenir del otro.

Tu libro se compone, también, de preguntas, de recordatorios que dicen que ahora es el tiempo. Ahora es el momento de las interrogantes y las respuestas, los proyectos y los anhelos. Es el instante para imaginar puertos de arribo en el horizonte individual y colectivo del tiempo que nos toca vivir. Así, la experiencia compartida es el cimiento para el diálogo fértil, la imprescindible tolerancia y el mutuo entendimiento entre los distintos universos mentales que nos pueblan desde siglos. Entonces, sólo entonces, encontraremos el sentido que ordena el mundo de la vida.

Por lo que alcancé a leer entre líneas, también te preocupas por decir que, bajo el poético manto de esperanzas y deseos, quedan los rescoldos de aquellos misterios vitales que ni la razón ni el sentimiento descifran. Eso lo dices porque sabes muy bien que en las habitaciones interiores de los demás prevalecen las certezas y las incertidumbres, las derrotas y las victorias, el amor y el desamor, como permanentes testimonios de su circunstancia y tiempo.

Para decirlo de una vez: sabes muy bien que los días por venir anuncian la oportunidad de renovación que en el transcurrir de los hombres, las ideas y los actos, aparece bajo diversas formas y nombres. En otras palabras, aprendemos que el hombre cambia y permanece al mismo tiempo; que las formas coexisten con distintos significados y que los actos son palabra y pensamiento. En tu historia, el futuro es, casi siempre, un tiempo germinal y proteico que guarda la esperanza de edificar un mundo interior desde nosotros mismos en donde los otros están presentes.

Buscas comunicar pensamientos y ello significa el comienzo de un proceso en donde construir y ser construido, imaginar y ser imaginado, amar y ser amado, pensar y ser pensado, percibir y ser percibido, sentir y ser sentido, soñar y ser soñado, son algunas de las piezas vitales para construir sueños y utopías. La razón de ello es que los sueños también componen las trayectorias temporales de los hombres. Porque -lo sabes bien- la vida colectiva es el esfuerzo, a veces callado y secreto, por la interna renovación individual y por el anhelo compartido de decidir el mejor camino sobre nosotros mismos y para los demás.

En ello radica nuestra insignificante grandeza: permanecer es renovarnos para ser nosotros, los de siempre.

Fraternalmente,

 

Miguel.

 

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Texto leído en la presentación del libro Construir los sueños, en el Auditorio del Instituto Tecnológico de Hermosillo, en la ciudad de Hermosillo, Sonora, el jueves 4 de septiembre de 1997.

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