Margarita Oropeza (Hermosillo, Son. 04/09/97)

Construir los sueños

Construir los sueños de Roberto Arizmendi

Margarita Oropeza

Nadie ignora que, cuando enfrentamos un libro, ese patrimonio cuyos defensores sienten pánico de perder como objeto de uso, en medio de este culto finisecular por la imagen, buscamos encontrar en sus páginas nuevas ventanas para conocer la realidad, nuevas visiones de ella que el autor nos muestra a través de su mirada.

Y cuando se tiene el hábito de leer uno puede adentrarse fácilmente en las páginas de un libro y encontrar al autor detrás de los párrafos… Detrás de este libro yo me encontré a un escritor, Roberto Arizmendi, cuyo optimismo resulta tan marcado que uno está a punto de no creerle.

¿Qué encontré en estas páginas?. Propuestas para vivir la vida tan satisfactoriamente como uno se lo proponga, tanto como la voluntad lo decida. Axiomas clarísimos de la felicidad,

Aseveraciones y recetas para la resolución de todas las complicaciones de la existencia, con tal claridad desglosadas que no dejan dudas de que el autor debe ser un hombre maduro.

Madurez en el sentido de saber. Madurez es comprender. Madurez es superar con aire de victoria todas las ingratitudes de la vida y todavía permitirse el lujo de ser feliz.

Detrás de este libro, separado en fragmentos, en abordaje de temáticas con una numeración paciente; este libro hecho de cartas que la voz que narra se lee a sí misma, convencida, está una ventana a la realidad completamente cristalina, limpia, rozagante de salud espiritual.

Uno puede quitarse de enfrente el libro, este libro del que hablamos hoy, con sus visiones positivas del mundo, y puede encontrarse por ejemplo un artículo apenas aparecido el domingo pasado en la prensa internacional, de Alksandr Solzhenitzin, donde desde la autoridad de su Premio Nobel de Literatura grita furioso a los cuatro vientos que el hombre no ha avanzado un milímetro en su capacidad moral, a pesar de que está apunto de caer aplastado bajo el peso de los avances desmesurados de la tecnología. Acusa al mundo de olvidar y seguir masacrando, ahora con horrible negligencia, a los pueblos indefensos que formaron la Unión Soviética y en cambio consentir a los pueblos pequeños de Occidente.

O en ese mismo diario, uno puede encontrarse también un -para nosotros los mexicanos- vergonzoso reportaje que dice por qué, si de México se retirara el dinero que se queda por el tránsito de las drogas (que ahora pasan todas por Sonora, desde América del Sur), la economía de nuestro país se desestabilizaría. A ese extremo alarmante hemos llegado, mientras hasta los intelectuales, por temor y los políticos por pudor, voltean a otro lado y pretenden que no es cierto.

Y hablando de cosas más frívolas, depende de como se vea, Diana de Gales, la princesa de cristal, esa pobre muchacha cuyo sentimentalismo tomó de pretexto la familia real y el pueblo de Inglaterra para dar rienda, los primeros a su decadente y muy comillada elegancia y los segundos a su cursilería, acaba de ver concluida su vida por culpa de la escoria más ambiciosa y sucia de los comunicadores, los paparazzi; y todos lamentamos que su debilidad la haya destruido, igual que puede destruirnos a nosotros, en un tiempo como éste, donde uno se encuentra también libros así, como este del que hablamos hoy, que puede darnos en sus párrafos frases de orientación, unos consejos par buscar dentro de nosotros las fuerzas que nos alejen de tragedias como la de Diana, que no es más que la que pudo vivir cualquiera de nosotros: Por ejemplo, creer que casarse enamorado es suficiente razón para ser feliz.

Y leyendo páginas de este libro, Construir los sueños, me detengo varias veces ante esta misma frase, entrelazada en algunas de las propuestas.

Y con el estímulo retomo en la memoria, ante sus frases, el recuerdo de juventud y siempre amado Erich Fromm y su libro El corazón del hombre, donde nos explica cómo podemos inclinarnos a la vida para salvarnos, encontrar en el fondo de nosotros esa biofilia que nos ayude a perpetuar la especie. Como siempre, Fromm recorre las búsquedas de los filósofos y las conclusiones de los grandes psicólogos sociales para explicarnos que el hombre finalmente puede adueñarse de su destino y, en la lucha entre sus instintos autodestructores y el de supervivencia, la solución puede ser dialéctica y dar como resultado un nuevo humanismo.

Y también me remite este libro a otra lectura de juventud, los libros del psicólogo Ignace Lepp, cuya exposición de las etapas de la vida en La higiene del alma nos van dejando pistas para interpretar nuestras propias posturas ante cada una de ellas.

Y también podemos encontrar a un autor más reciente; sentí el recuerdo y estímulo, se me vino a la mente el libro reciente de Daniel Goleman, y su propuesta nueva sobre las posibilidades de la inteligencia emocional, y esa impresionante explicación que da acerca de por qué los que antes supuestamente eran considerados genios, no lo son tanto, pues muchos de ellos no saben siquiera detectar sus emociones y controlar su vida personal para encontrar los trozos diarios de felicidad que necesitamos todos como el pan de cada día.

Y aquí está este libro Construir los sueños. Tal vez al autor para escribirlo lo guiaron sus propias lecturas como así me remitió a mi a mis lecturas, por una parte y su inteligencia emocional por otra, o el simple regalo de la fuerza espiritual que la naturaleza le dio.

Pero finalmente: Hablemos del libro. Encontré párrafos fáciles de comprender. Legibles perfectamente, aunque abstractos y a veces reiterativos pero cálidos y sobre todo convincentes. Instantes crecidos al extremo de narrar los conocimientos que tal vez tardaron años en lograrse.

El decía hace un rato: en el 57 ya escribía, ya estoy viejo. Y efectivamente, se siente el peso de la vida vivida, pero por la sabiduría que se puede acumular con los años y que se refleja precisamente en su libro. Yo subrayé algunas frases que me parecieron muy bellas y sugerentes, por ejemplo las siguientes:

«No debemos tocar nada si no es con el propósito de embellecerlo», nos dice.

O bien: «No debemos avergonzarnos de nuestro erotismo», en una epístola particular donde habla de su concepción del erotismo que no necesariamente siempre está ligado con la sexualidad corporal sino que es algo mucho más que eso y que hace posible gozar todo en la vida.

También: «El mundo es una combinación de sueño, esfuerzo y circunstancia».

Hay en una buena cantidad de propuestas, de estas cartas a sí mismo que el autor se dicta y nos dicta a los lectores; hay un abundante regalo de luz, espacio, aire limpio, belleza de las mañanas, las noches, tardes, días enteros, lavados por la lluvia, un elemento que es una constante en su obra, tal que casi se siente el repiquetear de las gotas de lluvia cayendo en el piso, en las ventanas:

«Cayeron las primeras gotas para limpiar la ciudad y lavar su hipocresía, prepararla para la nueva etapa de libertad y anhelos».

«La lluvia ha lavado la ciudad: le ha quitado impurezas, prejuicios, rencores y desganos».

«…en plena primavera, la lluvia limpió de fantasmas la tarde. Todo fue pulcritud y asombro».

«Después de la lluvia ha quedado el ambiente fresco, húmedo y nostálgico».

Un párrafo que me llamó particularmente la atención por la postura que asume, porque describe el acto objetivado de leer, se observa a sí mismo leyendo y éste es uno de los placeres que creo nunca va a desaparecer: «Ya no era realidad la noche. El universo era otro, distinto, desconocido, abierto a la novedad que espera en cada vuelta de página. Estaba en un espacio distinto, donde podía moverse sin normas o clichés preestablecidos que condicionan; libremente corría por entre los vericuetos de las letras, saltando de línea en línea, retozando sin cadenas en los espacios blancos de las márgenes o de las entrelíneas puestas allí como reposo de lectura o remanso furtivo a la mitad de la historia que se descubre. Había que seguir la idea como un hilo que se desprende de una madeja ilimitada para que fluya la imaginación creativa y grata en lugar del recuerdo que vulnere, la incertidumbre que lastime o el pensamiento que lacere».

Y bueno, ese fue precisamente el viaje que yo hice, leyendo las páginas de este libro. De algo como estas realidades y ventanas cristalinas leídas en párrafos arriba, está construida la concepción del mundo de este autor, que escribe tan claro y que nos hace ver que en medio de este caos y las cataratas de información tan desagradables que a diario recibimos, podemos encontrar nuestras soluciones individuales y espacios de recreo, en libros como éste que tiene un enfoque tan positivo de la vida. Él ha deseado regalarse en su gran cociente emocional, su biofilia y la, al parecer, muy lograda higiene de su alma.

Despido este comentario con un párrafo de la página 82 particularmente bello y con el que me quedaría, por ahora, a reserva de encontrarle mas riquezas en una relectura:

«El agua, fuente de vida. Lluvia y río, la vida en movimiento, búsqueda perenne. El mar, origen y destino, cuna de vida y de ilusiones, esperanza también, gusto por la vida en este presente maravilloso y mágico por los secretos que a diario aparecen, deseo de construir los sueños al ritmo del reflujo de las olas, ese juego de llegar hasta la arena de la playa para cubrirlo todo en ritmo intermitente. El mar, plenitud de vida».

 

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Texto leído en la presentación del libro Construir los sueños, en el Auditorio del Instituto Tecnológico de Hermosillo, en la ciudad de Hermosillo, Sonora, el jueves 4 de septiembre de 1997.

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