Josu Landa (Cd. de México, 19/08/93)

Verano que no termina

Tres notas sobre un verano

Josu Landa

1. En Verano que no termina, de Roberto Arizmendi, resuena el mismo tono que en Camino sin retorno. Esto explica en parte la marcada continuidad entre un libro y otro; pero también está el discurso amoroso, verdadero eje de los dos libros. Sin embargo, también hay diferencias entre ambos, e interesa destacarlas.

En su último libro (Verano que no termina), Arizmendi reduce el espacio vital de sus poemas al ámbito de la intimidad, trueca la historia por el tiempo (que no siempre son lo mismo), la búsqueda del otro-otra tiene su impulso más palmario en la soledad y la remisión a la humanidad se trasmuta en el diálogo con un «tú» que no parece rebasar -en principio- la pareja. Desde luego, este salto no supone una abjuración de la fe en el universal Hombre, que ha distinguido a la poesía anterior de Arizmendi. Manifiesta, más bien, un viraje dentro de una misma actitud, por lo demás, bastante afectada por cierto existencialismo. Se diría que ahora es más claro que Arizmendi encuentra un fundamento propio en el camino de una existencia concreta, que se proyecta en el género humano, pero a través de la imprescindible relación con el próximo o la próxima.

Ese es -se antoja- el sentido del «nosotros» que aflora en expresiones como

Cuántas horas perdidas en la maraña de la moral
que nos traiciona

presente en el poema «Canción de amor para el tiempo» (p. 121).

Asimismo, es lo que permite entender que al sol de la celebración amorosa le acompañe, en estos nuevos poemas de Arizmendi, la ineluctable sombra de la muerte y su avatar más sutil y silencioso: la soledad. De hecho, en Verano… la palabra se aplica en proclamar que el verdadero destino de todo amor es la soledad, aunque paradójicamente la soledad sea el motor genuino de la pulsión erótica.

2. Otra nota distintiva de este libro de Arizmendi es el peso que en él tiene la memoria. Rememorar lo vivido -y sobre todo, lo gozado- es lo que permite a Arizmendi recrearse a sí mismo y seguir anhelando vivir sin cortapisas (p. 108 y 115). Pero también puede ser la embocadura por donde empieza a brotar el pathos del tiempo. Esta poesía de Arizmendi evidencia que al acto de evocar le acompaña la verdadera caída en el tiempo: conjugar una segura conciencia de la temporalidad humana con la certeza de que todo anhelo de retorno se ahogará en el espejismo de la nostalgia. La sección quinta de Verano… expresa la vivencia de esa caída con ribetes de angustia desconocidos en Arizmendi. Nada tan fuerte, sin embargo, como para opacar el general talante epicúreo del libro.

3. En Verano… la poesía actúa como factor de reconstitución del alma (sensible) del poeta. La palabra se da allí para purgar el ánimo; purificarlo, al tiempo que opera como el mejor refugio para guarecerse de los embates del tiempo. Esto puede sugerir una tonalidad excesivamente sapiencial en estos poemas de Arizmendi. Nada más falso. La materia verbal de la que se vale Arizmendi es de la clase que mejor se adecua a la apercepción de que quiere dar cuenta, esto es, a la intuición de la intimidad. No necesita de un verbo de mayores ambiciones ni de tropos audaces y con pretensiones de novedad (todo el mundo sabe que «fuego» es la metáfora del amor por antonomasia, lo que no obsta para que Arizmendi la utilice tal cual). Por lo que parece, es esta sobriedad e incluso precariedad lo que da pie a las suscitaciones imputables a su libro. Sin embargo, nada descarta que sea porque Arizmendi logra con frecuencia hablar de la insoportable gravedad del ser con palabras dotadas de la levedad del viento.

 

 

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Texto leído en la presentación de los libros Camino sin retorno y Verano que no termina en la Casa de la Cultura «Jesús Reyes Heroles», Francisco Sosa Nº 202, Coyoacán, México, D.F., el 19 de agosto de 1993. Publicado posteriormente en el Suplemento cultural, «Lectura», p. 5, de el periódico El Nacional, el sábado 25 de septiembre de 1993.

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