José Luis Rivas (Xalapa, Ver., 10/09/93)

Verano que no termina

Comentarios en torno al libro
Verano que no termina
de Roberto Arizmendi

José Luis Rivas

El hombre es mudo; es la imagen la que habla. Pues es evidente que la imagen puede marchar al paso de la naturaleza.

De acuerdo con Novalis, sólo los poetas han sentido lo que la naturaleza puede ser para el hombre, y cabe agregar que entre ellos la humanidad se encuentra en estado de disolución perfecta, por eso cada impresión, en este medio límpido y móvil, se propaga inmediatamente en todos los sentidos con todos sus infinitos matices.

En la naturaleza los poetas son capaces de encontrar todo. La naturaleza no revela su alma sino a estos contados seres, no es en balde, por lo tanto, que los poetas busquen en la intimidad de la naturaleza todas las felicidades de la edad de oro. Para ellos, la naturaleza reúne todos los aspectos de una personalidad infinita, y los sorprende más profundamente que el hombre de espiritualidad fuerte, o que el hombre más vivaz, mediante sus sesgos espirituales y sus agudezas, mediante sus acuerdos y sus diferencias, mediante sus grandes pensamientos y sus extravagancias. La riqueza inagotable de su imaginación hace que nunca busquemos su cercanía en vano. Ella sabe embellecerlo, animarlo, confirmarlo todo, y si es cierto que en el detalle parece enseñorearse un mecanismo inconsciente y absurdo, una mirada más penetrante aprecia sin embargo la conjunción y el desarrollo de las contingencias, una milagrosa simpatía con el corazón del hombre.

Analógicamente, las estaciones se han correspondido entre los antiguos las cuatro fases del curso solar y, desde luego, con las de la luna y con las edades de la vida humana. Los griegos las representaban bajo la figura de cuatro mujeres: la primavera con corona de flores al lado de un arbusto que echa brotes; el verano con corona de espigas, llevando un haz de ellas en una mano y en la otra una hoz; el otoño lleva racimos de uvas y una cesta de frutos; el invierno con la cabeza descubierta al pie de árboles desprovistos de hojas.

También se ha presentado a las estaciones con figuras de animales; la primavera con un cabrito; el verano con un dragón escupiendo llamas; el otoño con una liebre; el invierno con una salamandra o con un pato silvestre.

La primavera, entre los griegos, estaba consagrada a Hermes, el mensajero de los dioses; el verano a Apolo, el dios (dios originariamente lunar, y sólo más tarde solar); el otoño a Dionisios, dios de la vendimia; y el invierno a Hefestos, el dios de las artes de fuego y de los metales. La sucesión de las estaciones, como la de las fases de la luna, es la escansión del ritmo de la vida, las etapas de un ciclo de desarrollo: nacimiento, formación, madurez y decadencia; ciclo que transforma tanto a los seres humanos como a sus civilizaciones, e ilustra asimismo el mito del eterno retorno.

Los textos de Verano que no termina, de Roberto Arizmendi, nos recuerdan que cuando Apolo aparece, durante la noche por cierto, en La Ilíada, es entonces el dios del arco de plata que brilla como la luna. Estamos, pues, ante un Apolo primigenio, cuyo simbolismo es estrictamente lunar. Convendrá tener en cuenta el viraje de las mentalidades y la interpretación de los mitos para reconocer en él, mucho más tarde, a un dios solar, un dios de la luz, y para comparar su arco y sus flechas con el sol y sus rayos. En ese canto I, Apolo se presenta un dios vengador de letales flechas: se revela por el signo de la violencia y de un loco orgullo. Más tarde, reuniendo elementos diversos -de origen nórdico, asiático y egeo-, este personaje divino se hace cada vez más complejo, sintetizando en él varias oposiciones que consigue dominar, para terminar en un ideal de sabiduría que define el milagro griego. El realiza el equilibrio y la armonía de los deseos, no mediante la supresión de las pulsiones humanas, sino mediante su encaminamiento hacia una espiritualización progresiva, merced al desarrollo de la conciencia.

 

 

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Texto leído en la presentación de los libros Camino sin retorno y Verano que no termina, en la Casa de la Cultura “Jesús Reyes Heroles”, Francisco Sosa Nº 202, Coyoacán, México, D.F., el 19 de agosto de 1993. Posteriormente fue leído en la presentación del libro Verano que no termina en el “Auditorio de Radio UV”, de la Universidad Veracruzana, Clavijero Nº 24, Xalapa, Ver., el viernes 10 de septiembre de 1993.

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