Introducción

La creación literaria es un reflejo del escritor. De su experiencia cotidiana. De sus vivencias personales o de su mundo. Del color de sus angustias o del clima de sus días. De sus aciertos y torpezas o de sus bellos espacios artificialmente creados para gozo del espíritu, en medio de la rutina cotidiana que destruye.

Habrá que ser poeta en medio del gozo y del infierno del hombre. Ya Jaime Sabines nos previno de hacer una poesía perfecta pero aséptica, en donde a través de versos impecables y perfectos no se trasluzca el hombre, ni se perciba al poeta con sus soles y sus manchas, con sus pequeñas o grandes marcas de lodo que lo estigmen. Porque no se puede creer en los hombres perfectos, como Nicolás Guillén no cree en los seres químicamente puros. Mucho podrá decirse o escribirse sobre el purismo de las técnicas literarias y la capacidad del escritor de permitir, a través de su creación, que la gente incursione por los caminos, claros o grises, de su vida y de su mente.

Se crea por necesidad vital, como por la misma razón Mozart escribía su música aún en el lecho de muerte o Van Gogh deslizaba sus pinceles sobre la tela a pesar de las presiones cotidianas y la censura de las escuelas pictóricas en boga.

Saber enunciar la palabra correcta en el momento preciso, es un reto del ser humano en su paso por este universo impredecible. Aprender a mencionar cada idea, pensamiento, decisión, sentimiento, inquietud o incertidumbre con su nombre preciso para que el mundo que se comunica y comparte no admita falsedades o interpretaciones. El silencio es negar la condición de ser, del ser que se realiza al compartirse.

Hay que aprender a vivir y a expresar; a no dejar amontonados y arrinconados en el escondrijo de los olvidos o de los temores lo que se percibe, piensa o siente.

El poeta expresa su vida y su mundo a través de la palabra.

Expresa, y con ello transmite, comparte y se entrega, pero también demanda y cuestiona. Siente, sufre y goza como cualquiera de los mortales que transitan el camino de la historia. Juega, con la palabra y con la vida, a compartir su universo y a reconstruir el mundo.

Escribir poesía es hacer un repaso de la vida.

El poeta hace presente el pasado y cada instante vivido se vuelve, así, intemporal; marca reiterativa que se convierte en destello intermitente de presencia vivificante. No le abandona nunca el pasado. Vive y revive en plenitud el tiempo. No hay concesiones. Carga, por ello, fardos sin frontera y hace de la riqueza del pasado la plenitud del presente y el regocijo esperanzado del futuro.

La verdad es el signo de la vida y en esto no hay absolutos aplicables de manera universal.

El hombre va por la vida en búsqueda constante y el paso que da, es su verdad, cuando es acto que surge de su pensamiento como reflejo valoral y volitivo.

El músico brasileño Luis Gonzaga Jr. (Gonzaguinha) expresa musicalmente en una de las múltiples canciones de su autoría (“O que é, o que é”) que se debe vivirse sin tener vergüenza de ser feliz y cantar la belleza de ser un eterno aprendiz de la vida.

Palabra trazada para romper la virginal textura del papel, el poema deja que la tinta corra para que trasluzca el ser, la intimidad de pensamiento y acto del poeta, su vida misma.

No hay afán de ocultar el sol, sino dejar que la luz emerja en cualesquier espacio.

La poesía es un reflejo de la historia, social y personal, de quien escribe.

Testigos de palabra, a veces no hay sonido para decir a su manera el tiempo, y los poetas dejan sólo trazos perdidos como pinceladas nocturnas sobre el lienzo, dándole su color y matiz a los minutos que transcurren.

En esta sección se incluyen los títulos publicados por el poeta Roberto Arizmendi. Para cada uno, se anotan las referencias bibliográficas y los créditos que corresponden, se muestra uno o dos poemas seleccionados, pero existe la opción de ir al libro en texto completo.

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