Hermosillo (2003)

El 25 de abril de 2003, La Universidad de Sonora presentó el libro de Roberto Arizmendi Tiempo de palabra, un epistolario que incluye cartas reunidas de entre las tantas que ha escrito a diferentes personas.

El autor de este epistolario, Roberto Arizmendi, aunque nació en Aguascalientes en 1945, por sus venas corre sangre sonorense por la vía paterna. Si bien su residencia en el estado ha sido temporal, su presencia es permanente. Ha colaborado en numerosos proyectos educativos y como asesor de diversas instituciones de educación superior y media superior en el estado de Sonora, en el país y en el extranjero. Su cercanía y presencia en la Universidad de Sonora se ha manifestado de múltiples maneras desde hace muchos años, pero se fortalece y consolida como miembro de la Junta Universitaria, órgano al cual pertenece desde 1991.

Ha combinado la actividad educativa con su profunda vocación literaria. Primero surge la poesía como una exigencia vital en su camino: en 1962 inicia su oficio formal como poeta. En 1973, comenzaría su incursión en el ámbito de la educación superior en donde ha sido profesor, difusor de la cultura, planificador, administrador, funcionario gubernamental y universitario, director académico y consultor educativo en el gobierno federal y en gobiernos de los estados, y secretario en la Asociación Nacional de Universidades.

En el mundo literario ha sido un prolífico escritor, de lo cual dan cuenta 19 poemarios publicados y cuatro epistolarios, además de diversas obras sobre temas educativos.

Alfonso Rangel Guerra ha comentado que «Arizmendi nos introduce con mucha claridad en el detalle de lo visto, sentido y vivido por él y, a partir de ello, comparte las reflexiones personales que surgen en su diario camino de viajero incansable, convertidas en textos bellos que invitan a leerlos y disfrutarlos». Por su parte, Miguel Manríquez dice que «Recuperar la memoria a través de la epístola sigue siendo la mejor manera de practicar los íntimos exorcismos que nos llevan a organizar el conocimiento del mundo: el mundo de lo cotidiano, y al cual, generosamente, Arizmendi invita a participar de su experiencia y su sentido. La obra epistolar de Roberto Arizmendi es algo así como dar cuenta de una portentosa conversa que no se agota en la charla cotidiana, sino que es obligatorio continuar en forma de diálogo interno».

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Tiempo de palabra, de Roberto Arizmendi.

Alonso Vidal

Conozco a Roberto Arizmendi desde hace tiempo y me ha sido gratísima su amistad. No sólo nos ha unido el amor por la palabra, la poesía, la literatura en general, sino por esa amistad que hemos fincado con sinceridad abierta, sin chapucerías ni trampas de ninguna índole. Hay lealtad verdadera en esto.

Tengo en mi poder su más reciente libro: Tiempo de palabra (Epistolario). El lunes pasado por la noche me llamó desde la Ciudad de México para comunicarme de la presentación del mismo en este Foro del Departamento de Letras. Es un tomo de hermoso formato cuyo diseño de portada es de José Juan Cantúa. Consta de 446 páginas, lo que es un verdadero ladrillo lleno de sorpresas, estancias, idas y venidas, sentimientos, ideas, experiencias. Nos llega como una cascada de memoria inquieta, anhelante de seguir adelante, vivir, vivir para seguir recordando.

Roberto conoce su juego y sabe muy bien poner las cartas sobre la mesa para que lo entendamos, lo comprendamos, lo queramos. La sinceridad le fluye a manos llenas, lo atempera una honestidad abierta y sin límite. No engaña a nadie, dice lo que siente y punto. Por ejemplo:

«La amistad es valor supremo del ser humano; en ella confluyen todos los valores. Ser amigo es más que cualquier relación formal y social; porque la amistad real es un estado superior que puede o no coincidir con relación formal cualquiera. La amistad rebasa, por inmanencia, los linderos limitantes del egoísmo y nunca puede darse por decisión o acto unilateral.»

De entrada hallamos en Tiempo de palabra a un Roberto, con su bondad sonriente, su cortesía, su despierto ingenio, su alerta curiosidad. Al par de la abundancia y riqueza, es de admirar la alta calidad literaria. La inagotable fecundidad de su pensamiento está servida por una alacridad juvenil. Es un hombre que todos los días descubre más cosas que aprender. Esa es la fontana de su Juvencio, el secreto de su lozanía mental. Su obra y Roberto mismo son un ejemplo magnífico para cualquier joven escritor, por la trayectoria que aquí se nos muestra.

Reconoce Arizmendi que «expresión y amistad son valores humanos de gran alcance. De la misma manera lo son amor y respeto, como sentimiento y disposición fundamentales; y búsqueda y lucha, como actitudes frente a la vida. La vida es sendero que cada uno decide y recorre. Cada quien es responsable de la propia y aunque circunstancia y elementos genéticos condicionan el ser individual, el acto volitivo del hombre da sentido y matiz específicos a cada uno de los pasos que se marcan en el camino. La vida que cada uno construye a la medida de su gusto y capricho, de su coraje y esfuerzo, de sus ambiciones y sueños, puede compartirse de muchas maneras…»

Estas verdades en él se justifican porque es un hombre bueno, íntegro. Odia la maldad y la hipocresía, no tiene doble máscara que se pueda poner o quitar cuando le de la gana como cualquier majadero.

Más que epístolas a sus textos los llamaría crónicas vivas. Los viajes ilustran, se ha dicho, y es cierto. Roberto con una prosa directa y precisa, rica en su funcionalidad descubre tonalidades, encuentra seres conscientemente desprendidos de la comunidad y decididos a viajar hacia lo remoto cotidiano, una otredad localizada al cruzar la calle que de tan familiar es misteriosa y cuyas reglas se explican jugando a la ventana indiscreta, de ahí depende esa observaci6n minuciosa por las cosas, los objetos, la gente…

Atrae su estilo fácil, su infatigable actividad creadora. Este libro lo corrobora, lleno de notas, pretextos, de apuntes, recorridos de ires y venires, estaciones claves, de personajes solidarios y comunes, sentimientos íntimos o soterrados, descubrimientos de atmósferas mágicas y bellas del mundo y de la vida. Aquí Roberto se nos manifiesta: ante todo el hombre cabal, agudeza y sensibilidad, inteligencia y corazón. Sospecho que no quiere morirse con su erudición sin antes dejarla como herencia, este Tiempo de palabra, en su intimidad de memoria del más variado linaje y expresión.

Al leerlo uno marcha por las páginas de hallazgo en hallazgo, sin saber, a veces, casi, lo que lee, por atender al ingenio de lo escrito, al encanto de la imagen, al gusto de la agilidad feliz, de la proeza disimulada, sin esfuerzo visible, sensible sólo para unos pocos o muchos, no sé.

Y uno se da cuenta que el estilo es la mente, el espíritu. la cultura, el alma, la conducta, la vida anterior, la real y la soñada, más los viajes, los amores, los odios, la ocupación habitual, el desinterés, la soledad, el disimulo, la franqueza; es decir, el hombre mismo y a través de los años, ha venido a estrellarse en él para resonar y estarse ahí en silencio, esperando.

Arizmendi es hidrocálido, registrado guanajuatense, fiero en sí lleva sangre sonorense por su parte paterna del lado norte de la entidad, Nacozari y Cananea, la sierra, pues.

Tiempo de palabra es un libro que debe leerse, gozarse. Hay unidad en lo que se recuerda y cuenta, hay ante todo una voz que lo abarca todo con su acento, que no permite que se desdibuje en la escapatoria aislada, en este o aquel intento, el tono general.

Sea bienvenido, pues, lo saludamos.

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«Hace dos trenes que no me escribes…»[1]

Armando Zamora

Indudablemente, escribir un libro como éste requiere de toda la paciencia, la experiencia, el deseo, la esperanza y la buenaventura juntos, que sólo aquellos seres tocados por la literatura pueden tener.

Escribir un libro como éste es todo un proyecto de sueños acumulados en ires y venires por los diferentes rumbos de la rosa de los vientos de la vida, porque un libro como éste es la vida misma apretada en unas cuantas centenas de páginas, con toda la angustia, la desesperanza, las pasiones, los odios y los amores que pueden contenerse entre los párrafos de los días.

Pero sabemos, y bien que lo sabemos, que escribir el libro es una cosa y hacer el libro es otra cosa.

No hay fórmulas mágicas para escribir libros; mucho menos para hacer libros.

Hay pasión, interés y vocación editorial, que no todos comparten porque implica, casi siempre, dedicar tiempo y esfuerzo personal, solitario y escasamente reconocido, al trabajo religioso de darle forma al libro.

Por fortuna, esta obra se escribió y se hizo respetando los tiempos, la prudencia y la paciencia de todos los que en este epistolario intervinieron.

Roberto Arizmendi se fue por la vida sembrando cartas y reflexiones para destinatarios tan disímbolos como somos todos los lectores, y escribió sus impresiones internas y externas de lo que vio y vivió en Nueva York, en Roma, en Grecia, en Caracas, en Brasil y en toda la república mexicana, con su luminosidad majestuosa de volcanes y valles, playas y montañas, desiertos y lagos que humedecen la imaginería poética de un hombre que se deshila en un lenguaje sencillo y sensible que nos provoca la sofocante sensación de beberse el libro para viajar junto a la ventanilla de los múltiples aviones por cielos remotos que muchos de nosotros difícilmente recorreremos a no ser, por supuesto, que nos ajustemos el cinturón en cada página de Tiempo de palabra y nos dejemos llevar por la literatura, vivirla, sentirla en la piel, porque -como bien dijera Serrat- de otra manera no nos sirve para nada.

Y para hacer el libro no se necesitó un aparato enorme: sólo tres personas intervinieron en la producción de un original que fue feliz y pulcramente resuelto en los heroicos Talleres Gráficos de la Universidad de Sonora, con Rosario González Barajas al frente.

José Juan Cantúa propuso el diseño de portada con una eficacia que debería lastimarnos porque ya no forma parte del equipo de diseñadores de planta de nuestra Institución; Cecilia Encinas sorteó con destreza los conflictos que plantea la corrección de estilo y la revisión minuciosa del texto y sus alrededores, y un individuo anónimo se tomó el periodo vacacional de diciembre para compueditar el original mecánico, y corregirlo una y otra vez hasta entregarlo a imprenta.

Nadie más intervino en la producción del original. Y si aquéllos se mencionan aquí, es porque se debe reconocer el esfuerzo compartido del autor y de ese puñado de personas que lograron que el objeto libro finalmente pueda estar en nuestras manos, como bebé recién nacido y con todo el mundo por recorrer.

Apenas hace unos cuantos días, Ariel Silva me comentaba la anécdota del hallazgo de unas cartas con más de medio siglo de antigüedad que fueron encontradas por unos trabajadores en un caserón de un viejo barrio de Hermosillo.

La curiosidad científica, pero más el deseo de meter las narices donde nadie los llamaba, hizo que aquellos individuos conocieran, y después divulgaran en borracheras fastuosas, la historia de uno de los matrimonios más conocidos de la ciudad hace más de 50 años.

Según la versión de Ariel, la lectura de aquellos cientos de cartas, fechadas a diario durante casi cuatro años, fueron construyendo un testimonio de amor digno del mejor de los romances filmados en Hollywood: él y ella se conocieron en una de las fiestas que por entonces se celebraban en el viejo casino, ubicado en el mirador, donde dicen que se apareció el diablo. Después el joven se fue a estudiar a Francia. Y es cuando comienza la historia epistolar.

Por entonces el correo llegaba a Hermosillo en el tren que tenía la estación en la vieja «Pera del Ferrocarril». Y ahí había que ir a recoger las cartas.

Dicen quienes escucharon a aquellos trabajadores, heridos por la cerveza y la nostalgia, que a través de las cartas fueron notando cómo el tono y la cercanía de las almas se fue fraguando como se fraguan los metales cuando los besa la pasión del fuego: del saludo cordial encerrado en un lejano y frío «Estimado Equis», aquella pareja hermosillense pasó al abrazo del «Querida Ye» y después al «Recordado Equis» para estancarse apasionadamente en el desatado y sofocante «Amada Ye».

Lo más curioso, dicen los testigos de aquellas borracheras epistolares, es cuando ella, después de ir a la «Pera del Ferrocarril» por la correspondencia y no encontrar cartas de él, le reclamaba con letras redondas y firmes, manuscritas en amorosa tinta azul: «Hace dos trenes que no me escribes».

Y aquí es donde volvemos de nuevo a las palabras de Serrat: si la literatura no nos hace sentir el mundo y la presencia de todos en cada letra escrita, para enamoramos de alguien que respira en el otro lado del mundo y hacérselo saber, entonces no nos sirve para nada.

Y de prueba está esa pareja del Hermosillo antiguo que ya ni siquiera vive, pero sí su romance epistolar. Y de seguro que permanecerá durante mucho tiempo, al menos mientras duren las parrandas de aquellos trabajadores que un día tuvieron la fortuna de encontrar los legajos y de leerlos, y después recordarlos, acicateados por la melancolía y el desamor, al calor de unas heladas.

Escribir cartas, tal y como las conocimos siempre, es una práctica que ha caído en desuso. Los medios electrónicos nos han sumido en una frialdad mecánica que nada tiene que ver con los tachones y las correcciones necesarias sobre el papel, con las notas al margen y la postdata ocurrente que se colaba feliz después de la firma, como duendecillo de largas orejas que sonreía travieso al final del texto con su cara manchada por los deseos de seguir acariciando la mirada trémula del destinatario en las rutas del corazón.

Ahora basta con levantar el teléfono para decirles a los demás que ha nacido un nuevo miembro en la familia, que fue varón, que pesó tres kilos 200 gramos y que se llamará Rodrigo Alberto, como su padre.

Incluso, en un alarde de avance cibernético, se puede comunicar en un e-mail, con la fotografía como attachment, la imagen de aquel pequeño ser con el rostro hinchado, peludo y horroroso, como nacen todos los bebés que se precien de serlo.

O como cereza en el pastel de la tecnología, es posible transmitir el parpadeo de aquel bebé que se llamará Rodrigo Alberto, como su padre, a través de las populares web-cameras, mostrando todos los pliegues de su piel, los lunares indiscretos y el bostezo lechoso que quien le importa un rábano en ese momento el devenir de la humanidad, azotada por George Bush y su ejército de asesinos trashumantes -que confunde el oficio epistolar con el verbo pistolar.

Es decir, no queda nada a la imaginación, esa imaginación que con las cartas redactadas en papel, con pluma en mano y acaso un café humeante al alcance del olfato y del sabor, debería desarrollarse al máximo, porque solían transmitirnos emociones, como las cartas escritas por Roberto Arizmendi y recogidas en este hermoso tomo que hoy damos a conocer.

Las cartas solían ser medidas de tiempo, y se convertían en buques, en carruajes o en trenes para alcanzar la otra orilla de la felicidad.

No en balde, Serrat nos hace un recuento de la nobleza epistolar en su canción JUAN y JOSÉ: «Del que se fue -dice la letra- llegaron cartas con olor a ron cargadas de promesas que Juan leía mientras ponían la mesa y releía sin prisa en el café…»

Yo sé que Roberto escribe para alguien en especial, que sus letras no están escritas nada más para lanzarlas como anzuelos a ver qué pesca: siempre hay alguien que es el destinatario particular de estas misivas.

Pero también tiene esa habilidad literaria que le permite una impersonalidad respetuosa que nos facilita a todos ser el lector de las cartas contenidas en Tiempo de palabra y construir nuestros viajes particulares en las alas de las reflexiones del autor, como lo hicieron aquellos trabajadores que reconstruyeron la historia de amor de nuestra anecdotada familia hermosillense en parrandas jubilosas que espiritaban el cuerpo pero también el alma, como deben de ser todas las parrandas.

Y yo sólo espero, creo que al igual que todos ustedes, que Roberto Arizmendi nos dé a conocer pronto un nuevo epistolario, no vaya a ser que alguien, desde la maleza del tiempo y del cariño, le reclame afectuoso: «Roberto, hace quince aviones que no me escribes».

Muchas gracias.

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