Heriberto Ortíz Vera (Cd. Victoria, Tam., (24/06/94)

Verano que no termina

Las anémonas silentes
(Comentarios al libro Verano que no termina de Roberto Arizmendi)

Heriberto Ortiz Vera

Tomo la palabra y adelanto un par de salvedades. La primera de ellas es que confieso mi inexperiencia como comentador de libros de poesía. El ni modus vivendi me ha llevado, en reiteradas ocasiones, a foros sobre planeación y estadística por lo que, al estar aquí con ustedes para charlar sobre poemas, me pone nervioso. La otra salvedad es que no me puedo sustraer de los fragmentos de historia que compartí con Roberto y que se harán presentes en esta charla. Una vez hechas estas acotaciones y un poco con el dedo amarrado, inicio mis comentarios al libro Verano que no termina de Roberto Arizmendi.

La estación más caliente del año que inicia con el solsticio de verano y termina en el equinoccio de otoño, le sirve de móvil a Roberto para hacernos escuchar su voz.

El libro inicia con los buenos días y su debilidad por el portugués. En este primer poema nos enuncia lo que será una constante en el libro: su capacidad de asombro y de trastocar la realidad nombrándola. Nos dice:

Despiertas
y el destello de tus ojos
ilumina el espacio;
despierto yo también
y el tiempo juega

Más adelante nos cautiva la contundencia de la siguiente frase: Un día dijimos que octubre sólo tendría su día veintiuno. en ella, no sólo destaca lo enfático sino, sobre todo, el gran aliento que le da una atmósfera de resplandor a la estructura del poema. Es decir, cuando escribe:

Un año fue el punto de partida.
Iniciamos por recoger materia y piedra
martillos y cinceles
para empezar a moldear nuestra escultura
y le pusimos casa a la promesa
le pusimos un hijo, dos,
una esperanza…,

la sonoridad de la estrofa nos obliga a pronunciarla como si fuera un aria. Y quisimos sostener el tono, pero más adelante nos vuelve a sorprender con la siguiente imagen:

Había que inventar semillas y cosechas
nuevos puntos de luz par las superficies.

No olvido que ofrecí incluir algunas anécdotas que, en suerte, me han tocado compartir con este Andante Alegro. En alguna ocasión, allá por 1988, invité a Roberto a que leyera sus poemas en una plazoleta oaxaqueña de un sábado soleado. Recuerdo que su entusiasmo y la vitalidad que irradia, congregó a los transeúntes. Ahora, cuando leo estos versos:

Debes saberlo
pequeño
cascabel:
la vida aquí termina
…tendrás que ir haciendo
la parte de historia
que te toque

me siento como en aquella plazoleta.

La imagen que tengo de Roberto es la de una persona hiperactiva y lúcida. Lo mismo publica poesía y epistolarios que obras sobre la administración de la educación superior, la planeación educativa y la descentralización de la educación superior.

Otra constante en su obra es el tono, pero más que el tono, su postura esperanzada y alegre que se percibe hasta en el más melancólico de sus poemas. Nos confiesa:

…en ocasiones amé sin propiciar acaso plenitudes;
toqué objetos y personas
a las cuales no pude embellecer o enriquecerlos;
…las mujeres matizaron mi cuerpo con sus labios
sin lograr, a veces, borrarles sus fantasmas;
…mis manos, vacías y pulcras,
no conocieron tierra de labranza
ni rudeza y grasa del obrero;
carentes de coraje,
no crearon valor,
pero aprendieron a tomarlo todo.
Pero busqué,
busqué…

Esta búsqueda permanente, esa forma de mirar al mundo y descubrírnoslo, le llevan a tomar el horizonte como estandarte. Este qué va a suceder nos lo ratifica con estas dos impecables estrofas:

¿Cómo llegarás a mí
el martes en la tarde?

Tendré que contener mi fuego
para que no se incendie la vida
y acaricie después
nuestras cenizas.

Tal vez, no sería excesivo afirmar que tal intensidad descubre el acechante león que ruge por la tinta que esparce Roberto.

El símil, las reiteraciones y las imágenes, son los recursos más contundentes en la obra de Roberto. Sus poemas no son concluyentes, no pretenden aleccionar a nadie, no anteponen moralinas. El cree que la vida tiene que ser nítida y escribe y actúa en consecuencia. Nos reitera:

Dije que la felicidad no es privilegio vergonzante
sino sustento cotidiano…
Dije que habría que descubrir secretos y senderos,
que el futuro no estaba escrito…
Dije que la capacidad de asombro en todo tiempo
es virtud que se obtiene
de la actitud permanente de conocer
y descubrir colores…
Y por ahí dejé mi voz
en cada paso del camino
como palabra y constancia
en este pedazo de historia que construimos.

Sus preocupaciones están en la infancia, los sueños, los colores y sus tonalidades, el agua y la alegría, pero sobre todo, en la sorpresa.

Dejo, por ahora, en este punto mis comentarios. Tal vez, algunos se sentirán decepcionados porque no me referí a las influencias y parecidos con clásicos y contemporáneos. Paso esa encomienda a los críticos. Yo sólo quise agregar una especie de glosa o pie de página al libro Verano que no termina de mi gran amigo, el poeta Roberto Arizmendi.

Muchas gracias.

 

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Texto leído en la presentación de los libros Verano que no termina y El mar, origen y destino, en el “Café de la Plaza” del Centro Cultural Tamaulipas, Cd. Victoria, Tam. 24 de junio de 1994.

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Una respuesta a “Heriberto Ortíz Vera (Cd. Victoria, Tam., (24/06/94)”

  1. Es un placer y un agasajo volver a encontrar ahora virtualmente, a un trotamundos como lo es mi buen amigo Heriberto, a quien dede el empezar de la inflancia y de la alcoholecencia y pasando por los mejores y mas recordados pasajes de mi vida …. y mira que te vuelvo a encontrar.

    Con toda mi amistad y orgulloso de ser tu amigo te saluda: Ricardo Rodriguez Victoria otro caminante atrancado entre el asfalto y el campo. Saludos y un fuerte abrazo.