Hector Carreto (Cd. del Carmen, Campeche, 20/06/97)

Cuenta regresiva

Texto leído en la presentación
del libro Cuenta regresiva

Héctor Carreto

Una de las sensaciones más fuertes que uno experimenta al leer o escuchar la poesía de Roberto Arizmendi es la sensación de movimiento. Desde los poemas de acción vertiginosa hasta los momentos de contemplación, nos invade, aparte del tema específico de cada texto, el sabor agridulce de lo mutable.

Poeta del amor a la mujer, Arizmendi canta al acto de estar con ella, pero el hecho amoroso, como el tiempo, se agota, y en el recuerdo surge el trabajo del poeta: reconstruir, en la ausencia, en la nostalgia, ese acto por medio de las palabras.

Esa noción de presencia-ausencia se acentúa si aceptamos que otro de los tópicos de este poeta es el viaje. Así, nos lo encontramos navegando o caminando por ciudades. Y en este fluir incesante, en esta alegría de conocer mundo, el poeta reconstruye dentro de sí el rostro de la mujer amada.

En «Noche de nostalgia», dice:

No hay espacio en la ciudad
que no tenga un poco de ti

Es decir, el poeta funde, en sus palabras, la imagen de la mujer amada con la de la ciudad, tal vez desconocida, que él recorre; espacio y tiempo se casan, entonces, gracias al milagro de la poesía.

Pero la vasta y rica obra poética de Roberto Arizmendi, espejo de los temas humanos, también se extiende al amor a los hijos, a la amistad, a la infancia perdida, a la justicia social, al sueño y al ensueño, a la soledad del hombre frente a la inmensidad del cosmos y a la muerte como un proceso natural.

Fiel a estos temas durante poco más de tres décadas, Roberto Arizmendi también ha mantenido un estilo coherente y consistente en su tratamiento: habla, canta desde un yo firme, viril, según la mejor tradición romántica, ya que entiende la Naturaleza porque como los antiguos griegos la conoce gracias a su contacto directo. Y también acorde con la noción de movimiento y aventura de los románticos, se vale siempre de un lenguaje directo sin florituras, en el que predominan los verbos, lo que proporciona al lector una fuerte sensación de movilidad y al mismo tiempo de vitalidad, sensación que va empatada con su vocación de viajero por el mundo.

Como lo señalamos anteriormente, este poeta a veces toma la forma del marinero, otras la de un transeúnte; otras más es el amante que incansable recorre el paisaje luminoso del cuerpo amado, o quizás es el fantasma que pisa el suelo blando de los sueños; en fin, el aventurero que siente la necesidad imperiosa de descubrir el mundo, porque siente que sólo así podrá comprenderlo, y al comprenderlo, conocerse a sí mismo.

Pero aunque Arizmendi es un lector ávido de poesía no sólo bebe de sus aguas, también se nutre de las canciones de los trovadores más talentosos de España y Latinoamérica, así como de la iconografía del cine, de los anuncios luminosos y de los grafitos; del lenguaje libre de los sueños y del instante, de la primera impresión de una imagen, de un recuerdo o de una reflexión. Es decir, con una lúcida y al mismo tiempo dramática conciencia de que el hombre es un ser fugaz, a Roberto Arizmendi lo imaginamos claramente en el café de un hotel o volando en un avión, mientras plasma su sello humano en alguna servilleta que guardará en su portafolios junto con otros apuntes, flores que abrirán sus pétalos en ese jardín que algunos llaman libro.

Su obra muestra las dos caras de la vida: hay momentos de goce profundo pero también se manifiesta el dolor del aprendizaje.

En un poema definitivo, «Cómo duele aprender a caminar», escribe:

Cómo duele aprender a caminar,
marcar las huellas
en el sendero impredecible.
Duelen los pasos marcados
por el deseo de saber cómo amar,
cómo pintar una sonrisa
para cada mujer
y cada encuentro,
descubrir lágrima y sonrisas
color de plenitudes.

Porque el comprender la realidad sensible mediante la experiencia inmediata lo ayuda a conocer mejor la naturaleza humana. Aprende que la naturaleza, en vez de extinguirse en forma definitiva, se renueva en cada ciclo de las estaciones; así nuestra infancia perdida retoña en nuestros hijos, así aventuras ya pasadas se reconstruyen en el escenario de los sueños; así el amor, que reaviva su llama con una caricia.

Hay gran plenitud en toda la poesía de Roberto Arizmendi, y también se manifiesta un profundo dolor, pero es un dolor que se fundamenta en la esperanza, a semejanza del desnudo bosque que durante el invierno aguarda paciente el arribo de la primavera.

Por el interés de esta obra, y porque abarca doce títulos publicados a lo largo de treinta y tres años, surgió la necesidad de revisar la poesía de este autor en su conjunto, incluyendo poemas inéditos o no incluidos en libro, y extraer de ella una selección con los ejemplos más representativos.

Preferí armar el libro partiendo del momento actual hacia atrás, y así ir cotejando las coincidencias y las diferencias.

Celebremos, pues, la poesía que en Cuenta regresiva Roberto Arizmendi nos ha entregado ininterrumpidamente desde 1962, y esperemos de este poeta una cuenta progresiva con una obra tan rica y disfrutable como a la que ahora podemos tener en nuestras manos.

Junio de 1997.

 

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Comentarios hechos en la presentación del libro Cuenta regresiva, en el Salón de Usos Múltiples de la Biblioteca de la Universidad Autónoma del Carmen, Ciudad del Carmen, Campeche, el viernes 20 de junio de 1997.

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