Héctor Carreto (Cd. de México, 06/05/98, 15/06/89)

Oficio de amar

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Héctor Carreto

Sobre un poema se puede decir todo o nada. Desde hace mucho tiempo algún ocioso inventó una materia que desde entonces ha tratado de explicar, desglosando, la obra literaria; esto resulta tan absurdo como si hubiera alguien o algo que intentara explicar por qué es bella una puesta de sol o el misterio en los ojos de una mujer. De este modo, he visto con cierto patetismo, cómo hay inocentes entusiasmados tomando cursos para aprender a leer La Biblia, o estudiantes ávidos analizando a los estructuralistas, o asistiendo a seminarios exhaustivos en donde se buscan las fuentes de La Divina Comedia o La tierra baldía de Eliot.

Esto adquiere una dimensión más descabellada cuando esa sombra de la creación poética llamada crítica literaria intenta explicar una poesía de carácter más subjetivo, históricamente llamada poesía lírica.

En su conferencia sobre la poesía, en Siete noches, Borges escribe: «Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes». Más adelante, Borges sigue diciendo: «El hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de la mujer, o como sentimos una montaña o una bahía. Si la sentimos inmediatamente, ¿a qué diluirla en otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos?».

Entonces, lo que yo pueda decir de la obra de Roberto Arizmendi no dejará de ser una visión, mejor dicho una impresión, personal; un punto de vista muy particular.

Los poemas de Oficio de amar son, en su mayoría, breves, lo mismo que los versos. Hay algo etéreo en ellos; es una poesía que no pesa; una poesía aérea, frágil como el sentimiento amoroso. Los versos son breves, ligeros y directos como pájaros o flechas sonoras. En este escenario, la mujer amada es el corazón y las palabras del poeta son los veloces dardos de Cupido. Poesía de muchos verbos, poesía en movimiento:

Cuando ya no sepas qué hacer
te equivoques todo el tiempo
no logres hilar un pensamiento
porque no has visto el ave en otros cielos
te tropieces con sillas
cada rato
o a la primera insinuación
suspires.
¡Que ruede el mundo!
Declárate convicto o perseguido,
prisionero de amor
navegante sin puerto,
para que no atraque el tiempo
en el primer descuido.

Poesía transparente como un caso límpido; no es para la declamación sino para la confesión, para el susurro. Como lo dijera Eliot en «Una dedicatoria a mi mujer»: «estas son palabras privadas que te dirijo en público».

Después de leer la poesía de Arizmendi me quedo con la sensación del amor pleno o triste, pero nunca decadente, imposible.

Pienso en los poemas líricos de Haine, Goethe, Becker; en los trovadores del siglo XV. La mujer amada es el absoluto, el sentido de la existencia. Ella es un astro y el amante es el satélite girando en órbita; para ilustrar ésto, cito los siguientes versos de Arizmendi para concluir esta breve presentación:

Nada era real sino tus ojos,
la luz radiante de tus dos soles desbordantes
alumbraban los oscuros abismos
de esta sicótica ciudad adormilada.

 

 

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Texto leído en la presentación del libro Oficio de amar, realizada en la «Casa del Gato Erizado», Camino Antiguo a Mixcoac 227, San Bartolo Ameyalco de la ciudad de México, el sábado 6 de mayo de 1989 y, posteriormente en la «Galería Metropolitana» de la Universidad Autónoma Metropolitana, Medellín 28, Col. Roma, de la Cd. de México, el jueves 15 de junio de 1989.

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Una respuesta a “Héctor Carreto (Cd. de México, 06/05/98, 15/06/89)”

  1. Saludos desde Almendralejo,España: Invito a Vds. a que visiten mi 2º BLOG, su dirección es: gomato.blogspot.com
    Gracias.-