Guadalupe Aldaco (Hermosillo, Son., 03/10/97)

Navegar entre amor y desencantos

Comentarios en la presentación del libro
Navegar entre amor y desencantos

Guadalupe Aldaco

Los oficios del poeta y del científico han estado, tradicionalmente, distanciados. La literatura, un arte cuyo territorio es la incertidumbre misma, la ambigüedad, lo cambiante y fugaz, se opone a la ciencia, rigurosa y exacta, precisa por naturaleza. El pensamiento científico es serio, elocuente, formal; el lenguaje literario es lúdico, despreocupado, irreverente. La escritura de la imaginación es libertad pura; la escritura del conocimiento está determinada por reglas, leyes y principios que el arte, desde la antigüedad, ha desdeñado.

Navegar entre amor y desencantos, de Roberto Arizmendi, es el producto de una personalidad cuya formación proviene, al mismo tiempo, de ambos senderos discursivos. Esa bifurcación, ese tránsito simultáneo por vías paralelas ha fructificado ahora con la publicación de este libro que ostenta la magia del número trece, en un estilo poético híbrido, que toma prestado del discurso académico la transparencia y la concisión, y de la más profunda tradición poética la introspección y la conciencia de la fragilidad humana, motivo y razón de ser de la actividad poética.

Y es que, si bien la preocupación del académico tiende a resolverse en lo social, en las peculiaridades externas del hombre, el poeta busca una transformación distinta, la del hombre particular, individual, una transformación más sutil pero no por eso menos genuina, una transformación intangible, íntima, profunda.

Esa confluencia armoniosa ha dado lugar a un conjunto de poemas cuya factura responde a una preocupación común: escudriñar en el propio laberinto, en la amalgama de dudas y sinrazones que somos, en el cúmulo de interrogaciones de las que estamos fabricados.

Por eso los poemas de este libro se sienten familiares, cercanos. Contienen y resuelven una buena dosis de aquello que tal vez todos quisimos o quisiéramos decir alguna vez. Después de todo, la misión del poeta no es otra que la de llenar ese vacío, esa imposibilidad de palabras, de imágenes, de recursos y formas de emprender los ritos de la creación.

Los versos de Navegar entre amor y desencantos son un homenaje a la sencillez, atributo que no debe confundirse con la superficialidad y la ligereza. Se trata de una sencillez que remite a las honduras, a las rutas profundas ante las que cotidianamente solemos poner tantos obstáculos. Son poemas libres, limpios, vivos, que se dejan leer y releer sin el cansancio que producen los hermetismos y complejidades de otra, menos afortunada, poesía.

El autor no está apurado por ser inteligible. Se da, se nos da, con una afortunada naturalidad. Sus versos no se leen para descubrir un significado secreto, ni para tejer una complicada red de oscuras evocaciones. No está, tampoco, desesperado por construir una poética impenetrable y sí, en cambio, por hacer justicia a la experiencia de su propia percepción.

La fluidez del lenguaje, la mesura de los versos, el ritmo virtuoso de una estrofa a otra, hacen concluir que su estrategia verbal rinde tributo al lenguaje coloquial más que a la elaboración metafórica.

Dos coordenadas temáticas atraviesan los tres apartados de que consta el libro: el conflicto entre la posibilidad e imposibilidad del amor, y la conciencia del ser fugitivo y solitario.

La primera temática, que se da más en «Levar anclas» y en «Sin faro ni puerto», se resuelve en poemas escritos en segunda persona, la persona del ser amado, real o virtual, es lo de menos.

El hablante poético de los poemas de corte existencial, los del apartado titulado «Augurios y sorpresas», sobre todo, son versos de un ser que medita y sueña de un modo muy peculiar, y que nos muestran una hilera de puertas que se abren para enseñar sus más escondidos refugios interiores. Es una poesía que expone esa conciencia que mira, recuerda y medita, para que el lector se quede con la aventura más íntima. Poesía introspectiva, que arroja quejidos angustiantes, plegarias abiertas a la soledad y, al mismo tiempo, a una resignación sonriente de esa soledad.

En los poemas de este libro el alma le gana a la fría inteligencia.

Imagino al poeta viendo un cuadro de Van Gogh y escribiendo:

Debíamos aprender
a amar
en formas diferentes
cada día,
inventar el amor
de nueva cuenta.

o

Vamos solos por el mundo,
pero sucede que algunos no lo saben
y se van caminando
en busca de fantasmas.

y

Así, sin quererlo,
se han ido consumiendo las horas,
y hoy
por la mañana
el día amaneció
con la noticia de mi muerte.

La meditación sobre el ser lo vuelve a uno menos amargo. Los poemas de Arizmendi parecen ostentar esa certidumbre. Meditar para escribir, escribir para que surjan nuevos elementos de meditación, en una cadena perpetua de signos, de imágenes, de textos interpuestos en la memoria y la imaginación. El autor desafía a Heráclito, quiere regresar a las aguas mansas, aquellas que le hacen exclamar, como en los versos de Langagne que eligió como epígrafe: «no importa que no quede un sólo pescador sobre la costa, y las gaviotas se hayan ido».

Arizmendi forma parte de ese grupo de poetas que no han olvidado que la poesía está alejada de la vida, quiere hacer poesía de la experiencia, y no una poesía complicada y beligerante, casi un metalenguaje.

Desde hace más de un siglo, dijo un premio Nobel mexicano, la poesía vive en las catacumbas, en el subsuelo de las sociedades industriales. Esto ha degradado no sólo al lenguaje sino a la salud espiritual de nuestros contemporáneos. Hemos descuidado el hecho de que la poesía nació con el lenguaje mismo.

Por ello, es reconfortante que una institución como CECYTES, cuyos propósitos se centran aparentemente en otra dimensión de la facultad humana, la ciencia y la tecnología, se ocupe de esta labor editorial, humanista por excelencia.

El poema, gracias a estos esfuerzos, deberá ser, de nuevo, al decir de Paz, sonido, escritura e imagen. ¿Arte para muchos o arte para pocos? La pregunta es ociosa. ¿Por qué no pensar que las minorías de hoy pueden ser, por qué no, las mayorías del futuro?

 

 

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Texto leído en la presentación del libro Navegar entre amor y desencantos, en el Auditorio de la Sociedad Sonorense de Historia, sito en Blvd. Rosales Nº 123 en la ciudad de Hermosillo, Sonora, el viernes 3 de octubre de 1997.

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