Granada, España (2008)

El Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada, España, se vistió de gala el pasado miércoles 8 de octubre de 2008, al invitar al poeta mexicano Roberto Arizmendi, a presentar su libro El tiempo consentido, una antología preparada por nuestro gran poeta granadino Álvaro Salvador, quien revisó todos los libros del autor para hacer una selección representativa de su obra poética en 37 años. 

 

Además de poetas, académicos y críticos literarios de España, se dieron cita algunos rectores mexicanos cuya presencia dio realce a la presentación del libro más reciente de Arizmendi, quien es de Aguascalientes, México y tiene publicados 23 libros de poesía, 5 epistolarios, 2 de literatura testimonial y varios sobre educación. Además de poeta es o ha sido ensayista, promotor cultural, conferencista, profesor universitario y directivo en universidades, instituciones y organismos educativos.

 

 

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Prólogo del libro El tiempo consentido

Álvaro Salvador

La poesía de Roberto Arizmendi es como el propio Roberto Arizmendi: en muy pocos casos he visto que se produzca un grado tal de identificación entre poesía y vida como en la obra de este poeta mexicano, nacido en Aguascalientes en 1945, que yo no dudaría calificar como un poeta discreto (que no como un discreto poeta). Dije en otro lugar que podríamos dividir a los poetas en poetas exhibicionistas y poetas discretos, poetas que antes de nacer ya ejercen como tales y poetas que no dejan de asombrarse ante la solemnidad de la palabra que intenta definirlos.

 

Los poetas discretos, como Roberto Arizmendi, tienen una conciencia clara de que la verdadera sabiduría consiste en tener siempre presente el tamaño de su propia ignorancia. No es una cuestión de humildad ni de falsa modestia, no se trata de enmascarar bajo un fingido pudor su habilidad manifiesta con las palabras, para envolverla así de una pretendida trascendencia que procure las recompensas con que el vulgo premia lo que desconoce. Su actitud se corresponde con una manera de estar, un modo de ser en el mundo, un modo de mostrarse amantes, eruditos o poetas.

En estos casos, tanto la poesía como la vida escriben el mismo discurso, hablan la misma lengua.

La crítica se ha referido por extenso al carácter comprometido de la poesía de Arizmendi en su primera época o a la recurrente temática amorosa en los libros de madurez. Sin embargo, yo me atrevería a afirmar que el rasgo que define de una manera más poderosa y original la trayectoria poética de Roberto Arizmendi es la preocupación por el tiempo. Ya el libro inicial de su trayectoria, “Las cartas del tiempo” (1981), hace una apuesta arriesgada por esta problemática, desde la preocupación social que preside sus temáticas iniciales:

¿Sabes la hora que vivimos?

Cuántos minutos nos falta para el tope

Cuánto tiempo nos queda para asestar el golpe

No obstante, aunque en ningún momento el poeta va a prescindir de la preocupación solidaria por los otros, los versos que cierran el libro, más allá de la marca sangrienta de la historia, apelan a la intrahistoria deseable de una futura vida que el poeta tendrá que experimentar en primera persona: …cada piedrita de esta tierra/ tendrá que ir encontrando su acomodo./ Vamos a darle su espacio a cada tiempo,/ con cuidado…

La preocupación por el tiempo es fundamentalmente aquí una preocupación por su paso, por su fluir, lo que nos lleva directamente a las interrogaciones sobre el transcurso de la vida, su final , la muerte, y el sentido que esta vida y esta muerte tienen para la existencia humana. La medicina más inmediata para la angustia que puede acarrear esta preocupación no se agota con la poesía misma, sino que se prolonga, más balsámica si cabe, en el tema del amor y del erotismo.

Roberto Arizmendi es también un poeta del amor, un poeta del amor en sus más variadas manifestaciones: el amor presente, el amor ausente, el presentido, el imaginado, el vivido, el evocado, el maldito. De cualquier modo, y a pesar de los distintos puntos de vista, el tono de la poesía amorosa de Arizmendi es a menudo cordial, un tono amable que no se extralimita ni a favor ni en contra. Como ha señalado Héctor Carreto, la anécdota amorosa que Arizmendi nos relata y vivifica se trasciende en ocasiones hacia un amor a la Naturaleza. Se trata, pues, de una poesía orgánica que manifiesta una actitud panteísta ante la vida, buscando siempre la relación armónica con las cosas, los seres o los acontecimientos, con el discurrir cíclico del tiempo vital.

No debe extrañarnos que una poesía así se refugie en un lenguaje sencillo y directo. Arizmendi conoce la distorsión sintáctica y la experimentación métrica de la poesía contemporánea, sin embargo sus registros, aunque a veces aparenten desenfado y novedad, se refugian siempre en las tradiciones de la poesía hispánica más coloquial. Tiene maestros cercanos, como Jaime Sabines, Juan Bañuelos o Rubén Bonifaz Nuño y también otros más lejanos y complejos, pero que contribuyen de igual manera con sus ejemplos a un mayor acercamiento al universo de la emoción cotidiana como Pablo Neruda o César Vallejo.

El tiempo que Arizmendi intenta atrapar en sus libros es un tiempo con sentido, en su doble acepción. Un tiempo lleno de sentido, del sentido de la historia colectiva y de la preocupación humana por los grandes temas que inquietan al ser humano, el amor, la muerte, la solidaridad, el paso del tiempo, etc., y ocupan a la poesía. Pero también lleno del sentido de las historias individuales, de las peripecias del sujeto contemporáneo que lucha por construirse día a día en medio de las miserias cotidianas, las frustraciones, las pequeñas victorias o los instantes robados a la felicidad. Y es también un tiempo consentido en la medida en que consiente al poeta su captura, es decir, la victoria no por más momentánea y perecedera menos valiosa, sobre la muerte lenta, sobre la muerte en vida que todos los seres humanos tenemos que arrastrar tan vallejianamente como nos es posible. Es decir, equilibrando en la balanza de las palabras la tristeza con la dulzura, discretamente, como hace siempre Roberto Arizmendi con su poesía y su vida.

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“La filosofía de la vida en movimiento/filosofía del instante en El tiempo consentido de Roberto Arizmendi”

Gracia Morales Ortiz (Universidad de Jaén) [1]

Roberto Arizmendi nace en Aguascalientes, México, y vive actualmente en el barrio de Coyoacán, en el Distrito Federal. Tiene publicados 23 libros de poesía, varios epistolarios y textos testimoniales y numerosos trabajos sobre educación. Ha sido profesor de enseñanza media y superior, ha ejercido como Rector, ha formado parte de numerosas Juntas de Gobierno de Universidades mexicanas, ha sido secretario de la Asociación Nacional de Universidades de México, y, desde hace dieciséis años, trabaja como consultor privado para las Universidades de su país, en proyectos de eva­luación y mejora de los sistemas educativos. Es también una persona muy activa en el ámbito cultural de su país; por ejemplo, ha ejercido como jurado de múltiples certámenes y ha organizado algunos premios nacionales. Su obra poética, por la que ha sido galardonado en varias ocasiones, ha aparecido también en revistas, publicaciones colectivas y numerosos sitios de internet.

El libro El tiempo consentido[2], es una antología que transita por sus 37 años de creación poética. Como toda antología, implica la selección de unos poemas y el necesario prescindir de otros. Me parece que los que Ál­varo Salvador ha elegido componen un volumen equilibrado y armónico, donde se recogen textos de al menos dieciocho poemarios de Arizmendi, pero por el que el lector se desliza sin sentir los sobresaltos y rupturas que a veces resultan inevitables en las antologías donde se da cuenta del largo recorrido de un autor.

Y es que, a pesar de las variaciones temáticas y estilísticas, toda la obra poética de Arizmendi se mantiene fiel a un modo de expresión lírica: la presencia de un yo que nos habla con un lenguaje deliberadamente sencillo, honesto; una voz que se coloca ante el lector sin estridencias, con esa sensibilidad volcada sobre lo cotidiano-trascendente que tan buenos frutos ha dado ya en la poesía en lengua española.

En el prólogo, Álvaro Salvador nos dice: “La crítica se ha referido por extenso al carácter comprometido de la poesía de Arizmendi en su primera época o a la recurrente temática amorosa en los libros de madurez. Sin embargo, yo me atrevería a firmar que el rasgo que define de una manera más poderosa y original la trayectoria poética de Roberto Arizmendi es la preocupación por el tiempo”. [3]

Estoy de acuerdo con Álvaro, y también cuando expone: “La preocupación por el tiempo es fundamentalmente aquí una preocupación por su paso, por su fluir”. [4]

El paso del tiempo, el fluir del tiempo.

Yo diría más: nuestro paso por el tiempo, nuestro fluir a través del tiempo. El yo poético que aparece en buena parte de estos poemas es un perso­naje en movimiento. Como el propio Arizmendi, el yo lírico de El tiempo consentido es un caminante, un viajero, un errabundo, un paseante.

En esta antología encuentro lo que podría llamarse una filosofía de la vida en movimiento. En permanente cambio, en permanente actitud de asombro y descubrimiento. De hecho, muchos de los motivos simbólicos que elige en sus poemas son también elementos móviles, elementos en constante renovación, elementos “pasajeros” o que invitan al viaje: la lluvia, el mar, la luna, el barco, el viento, el camino… En este sentido, Héctor Carreto también ha sabido ver la inclinación de Arizmendi hacia las “imágenes mutables” y como ellas perfilan una idea del hombre “como nómada en la vida”. [5]

La propia actividad creativa aparece también emparentada con esta voluntad de movimiento, de caminar constante. Dice en el poema “Andante”:

“Los creadores son andantes sempiternos. El andante recorre senderos, siempre en búsqueda constante e insa­tisfecha, sin ocultar flaquezas. Carga sus obsesiones y fantasmas. Lleva siempre siempre su verdad a cuestas. Nómada del amor y encendedor de fuegos; descubridor de estrellas; artífice de espacios infinitos. Se toma de la mano con los dioses y recorre con ellos senderos celestiales a donde no pueden llegar los satisfechos.” (p. 57).

Esta, como he dicho, filosofía de la vida en movimiento, está íntima y lógicamente emparentada con una noción del tiempo como vivencia del instante. Como afirma en ese mismo poema al que me he referido antes sobre los andantes, estos, los que siempre están moviéndose, en palabras de Roberto, “Convierten el instante en infinito” (p. 58).

Sería posible remitir aquí a muchos poemas donde encontramos esa apuesta por el momento presente, inevitablemente efímero. Por citar al­gunos versos: en “Inventor de mí mismo” afirma el yo poético: “Estoy por inventarme / cada día” (p. 46); o en el texto “En medio de la lluvia” nos confiesa: “En medio de la lluvia / hago de cada gota / un presente interminable.” (p. 77) Al yo poético que aparece en estos poemas lo que le interesa es “este espacio preciso en que pisamos” (p. 82), como expresa en “Edificar la morada que soñamos”. Por eso, encontramos también en sus escritos una predilección por lo fugaz: una ciudad brevemente entrevista durante un viaje, la visión pasajera de una muchacha bella en la calle o la coincidencia con una mujer en un vuelo Madrid-México.

Ahora bien, esta constante vivencia del presente no cancela ni la conciencia del pasado ni la del futuro. Tanto el recuerdo como la idea del porvenir se hallan también en estos poemas, pero como experiencias que tienen importancia por su repercusión sobre lo actual. Es decir, la memoria supone la re-vivificación de lo ya ocurrido, el ayer vuelve a existir aquí y ahora mediante la invocación del poeta, que posibilita así la permanencia de lo ausente. Dice, por ejemplo, en “Tu caricia

Llevo tu caricia por todas partes
paseándola como un perro fiel o un amuleto;
me sirve de anteojos para ver la vida
o de zapato para no desmayar en mis andanzas.
(p. 104).

La noción de futuro, por su parte, y las emociones que provoca (la ilusión, la esperanza, el deseo, el anhelo, la impaciencia), son también parte del “ahora” del yo poético. La conciencia del mañana funciona como un motor de búsqueda desde el presente, como una promesa que moviliza e ilumina el instante actual.

Citando un fragmento de “En otra advocación y otro tiempo”:

y no te alcanzo,
eres sólo parte integrante del deseo
y el amor es gozo de saber
que un día,
como ayer,
recorreré de nuevo
el inmenso océano de tu piel dormida.
(p. 107).
 

Se ha dicho en muchas ocasiones que la poesía de Roberto Arizmendi aborda en todas sus dimensiones el tema amoroso[6]. Y es verdad. Pero la vivencia del amor que aparece en sus textos se incluye dentro de esta “filosofía de la vida en movimiento / filosofía del instante” de la que venimos hablando. Por eso, el yo poético propone a la persona amada en “Toda la vida para amarte”:

Qué tal si te dijera
que nos amásemos un mes.
Con un reloj
a la mano
para que nos marcara el tiempo.
No más.
Al fin mi vida
sólo tiene
treinta días,
(según mi calendario).
(pág. 92).

El sentimiento amoroso se sitúa, inevitablemente, en ese instante efímero del presente, entre la memoria de lo ya pasado y la esperanza del porvenir.

Era consciente de que el amor
es efímero
porque cada encuentro
se diluye entre el deseo
siempre insatisfecho
y el anhelo que surge
de la esperanza que se abriga.
(pág. 145).

Así, la experiencia del amor se plantea también como un viaje, como un movimiento constante que lleva al reiterado descubrimiento de la persona amada y del propio yo, ambos circulando en un proceso siempre renovado de creación y destrucción. Así puede verse, claramente, en “Constrúyeme de nuevo”:

Destrózame mi vientre
parte en cuatro, en ocho, en mil pedazos
mis brazos y mis piernas.
Voltéame los ojos,
revuelve mis cabellos.
Pon en un saco todo.
Cuando te canses ya
de deshacerme en partes,
constrúyeme de nuevo.
(p. 37).

Finalmente, quiero apuntar que esta “filosofía del instante” no nace de la irresponsabilidad, la ingenuidad o el nihilismo. Al contrario, es un compromiso a muerte con la vida, porque esta visión gozosa del presente surge como contrapunto y respuesta ante la conciencia de la propia soledad, surge como asidero ante la experiencia de la propia e insoslayable individualidad, que aparece expresada en muchos de sus textos.

Ya que, como dice Roberto en un breve y magnífico poema, titulado “Alegría”:

Cada sonrisa
esconde
su dosis proporcional
de desconsuelo.
(p. 29).
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 DESDE LA RED

Aguascalientes, Ags, 20 octubre 2008

 

En Granada, España, tierra del poeta Federico García Lorca, el poeta mexicano Roberto Arizmendi presentó un libro antológico sobre su propia obra poética, que fue recopilado por el Catedrático de la Universidad de Granada Alvaro Salvador, quien es además el autor del prólogo.

Arizmendi, nacido en Aguascalientes y que se formó aquí hasta terminar los estudios de bachillerato, ha desarrollado una sólida carrera en el campo de la educación y de la literatura, especialmente de la poesía, que se refleja en 22 libros de poesía ya editados, todos de su autoría.

La presentación del libro “El tiempo consentido. Antología 1970-2007”, que forma parte de la colección Granada Literatura, se hizo el 8 de octubre en el salón del Plenos del Ayuntamiento de Granada con la presencia de autoridades municipales y universitarias, profesores y estudiantes universitarios, amantes de la poesía, medios de comunicación y público granadino.

Las reseñas de prensa fueron sumamente elogiosas para la obra de Arizmendi, al que califican como “entrañable poeta amigo de Granada” y como un innovador de la poesía, al dar no solamente un contenido de belleza y fondo en la expresión, sino una vertiente que destaca el compromiso social que requiere el momento.

Arizmendi, quien actualmente vive en la Ciudad de México donde desarrolla su actividad como consultor en temas educativos, es ampliamente reconocido en los círculos de la poesía y de la literatura tanto de España como de otros países de habla castellana, especialmente en el sur del continente americano.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ISLA NEGRA

Granada: presentan libro de Roberto ArizmendiPresentación del libro
EL TIEMPO CONSENTIDO

Antología poética 1970-2007
Del poeta mexicano Roberto Arizmendi
Selección y prólogo de Álvaro Salvador
Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada
Plaza del Carmen, Granada, España. Miércoles 8 de octubre de 2008 a las 20 horas, 8 de la tarde
Roberto Arizmendi.- Aguascalientes, México, 1945. Tiene publicados 23 libros de poesía, 5 epistolarios, 2 de literatura testimonial y varios sobre educación. Además de poeta es o ha sido ensayista, promotor cultural, conferencista, profesor universitario y directivo en universidades, instituciones y organismos educativos.
“El tiempo que Arizmendi intenta atrapar en sus libros es un tiempo con sentido, en su doble acepción. Un tiempo lleno de sentido, del sentido de la historia colectiva y de la preocupación humana por los grandes temas que inquietan al ser humano, el amor, la muerte, la solidaridad, el paso del tiempo, etc., y ocupan a la poesía. Pero también lleno del sentido de las historias individuales, de las peripecias del sujeto contemporáneo que lucha por construirse día a día en medio de las miserias cotidianas, las frustraciones, las pequeñas victorias o los instantes robados a la felicidad. Y es también un tiempo consentido en la medida en que consiente al poeta su captura, es decir, la victoria no por más momentánea y perecedera menos valiosa, sobre la muerte lenta, sobre la muerte en vida que todos los seres humanos tenemos que arrastrar tan vallejianamente como nos es posible. Es decir, equilibrando en la balanza de las palabras la tristeza con la dulzura, discretamente, como hace siempre Roberto Arizmendi con su poesía y su vida”

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