Gilberto Calderón Romo (Aguascalientes, Ags., 09/95)

Los pasos y los días

Roberto Aizmendi: Los pasos y los días
Poeta en Nueva York

Gilberto Calderón Romo

Los aguaschilangos, los aguascalentenses que vivimos en el Distrito Federal, preservamos siempre una reserva de cariño y de recuerdo por nuestra tierra natal y esa nostalgia nos lleva a disfrutar intensamente las ocasiones en que nos encontramos. Tenemos el alma escindida, somos mesopotámicos, estamos entre el Tigris y el Eufrates, entre la provincia recordada y la Metrópoli que nos otorga su hospitalidad y nos permite vivir y sostener a nuestras familias.

Aquí en la capital de la República y convocados por la Representación del gobierno del Estado -Cuco Macías y/o Armando Romero- con alguna frecuencia se realizan muy gratas reuniones con algunos de nuestros paisanos que tenemos la condición de capitalinos, algunos transitorios y otros definitivos, y somos una comunidad plural en la que hay de todo.

Un individuo singular de este alegre grupo es Roberto Arizmendi, espigado y alto, que ahora andará acercándose a los 50 años. Siempre lo recuerdo con actividades universitarias y alguna vez coincidimos en Hermosillo, Sonora. Mayormente ha dedicado los afanes de su vida a la Asociación Nacional de Universidades e Institutos de Enseñanza Superior (ANUIES), en donde bien a bien no sé qué haga, pero seguramente por su temperamento y por el talento de la institución, han de ser cosas buenas.

Arizmendi además, es un fino escritor de esos que publican. Por allí tengo un libro de poemas suyos y me acaba de hacer llegar otra obra de su vena: Los pasos y los días, libro que groseramente podríamos clasificar entre los de viajes, porque es más que eso; no es propiamente poesía, pero con mucho rebasa la simple prosa y en momentos alcanza alturas filosóficas.

La obra, editada por la Universidad de Yucatán y no por alguna de las de nosotros, contiene la semblanza del embrujo de la ciudad de Nueva York durante un viaje de dos semanas celebrado en algún mes de abril, cuando se comienza a deshacer el Invierno y la Primavera se muestra remisa para llegar a la gran urbe. Es una temporada en la que el clima se muestra indeciso y hace que los simples humanos que allí viven, desarrollen sus intensas actividades cotidianas sin saber a qué atenerse, en materia de clima y de estados de ánimo interiores.

Arizmendi se hospeda en el barrio de Astoria, en Queens, cerca del Puente Triboro (Threeborough, tres barrios) que al norte de la isla comunica al mismo Queens con Harlem y el Bronx, si no me equivoco, y es una asombrosa obra de ingeniería que ya tiene sus años de vida. A partir de ese sitio, Arizmendi recorre como una lanzadera, mayormente por medio del subterráneo, los lugares más interesantes de Manhattan, con la mirada de un artista que va tomando nota de todo lo que se mueve a su alrededor, llevando el registro de sus experiencias en el sensible lacre de su espíritu. El resultado es más que una descripción vívida de la turbulencia urbana de Nueva York, un solo de violín, una melodía plena de matices melancólicos, tanto como el clima de la temporada en un alarde de impresionismo que logra traducir la violencia de la urbe, los ruidos metálicos del sub, los gritos de los negros, el barullo del Village, la sordidez nocturna de Times Square, el vértigo de las alturas de las torres gemelas o el tráfago del Túnel Holland, la Universidad de Princeton con el fantasma de Einstein rondándola, en un soliloquio de meditaciones que se entremezclan con los recuerdos de la infancia, con las metáforas que inspira la contemplación de la luna o la violencia roja de los atardeceres. La ciudad abrazada por los poderosos brazos del East River y el Hudson.

No imagino que alguien más pueda presentar un cuadro así en Hueva York, de una manera tan introvertida y deslavada. Woody Allen ha explorado muchas de las posibilidades de expresar a la gran ciudad; ha escarbado en múltiples posibilidades de explorarla, le ha descubierto mil rostros y personalidades, pero nunca, en ninguna de sus obras, consiguió la limpidez que Roberto Arizmendi logra y que hace recordar el título de aquel libro del granadino García Lorca: Poeta en Nueva York.

Tal vez sea la timidez natural de Arizmendi, la desatención que los científicos y los artistas que como él tienen muchas veces de las cosas de este mundo, o quien sabe cuál sea la razón de que nuestro amigo y escritor de valía considerable no se haya esforzado por hacerse presente en nuestros lares.

Ojalá que nuestras autoridades culturales y/o universitarias, lo acercaran a los suyos y si no lo ha hecho, es tiempo ya de que él dedique parte de su estro a Aguascalientes.

Sin duda alguna, nos lo debe.
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Artículo publicado en la revista Crisol, Año VI. Número 56, publicada en Aguascalientes, en septiembre de 1995.

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