En medio de la noche (2002)

 

19.En medio de la noche

 

Ediciones de la Universidad de Quintana Roo,
Chetumal, Q. Roo, México, 2002, 80 pp.
Fotografía de la portada: Ariel Mendoza.
«Punto en el espacio» p. 17
«Confesión» p. 46.

 

 

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Punto en el espacio

 

Para Emilia

Soy un minúsculo punto en el espacio
deambulo entre neblinas y nostalgia,
pero construyo horizontes infinitos
y luz de algarabía.

Mi sueño acuna tu cuerpo y tu sonrisa,
construye andamios para arribar hasta tu esencia
y encontrar en tus labios el néctar de mi asombro
y el dulce sabor pausado de tu boca.

Así descubres el anhelo de mis días
perdido entre los vericuetos de la historia.

Sueño con el horizonte de tu dicha,
con el grato aroma que dejas en mi cuerpo con tu cuerpo
y el irremediable sabor ardiente de tu boca
cuando has mordido mi labio y la esperanza.

No sé cuánta dicha pueda surgir en mí
de contemplar tu dicha
ni cuanto dolor de no poder encontrarme con tus sueños
esta noche;
pero así estoy, aquí,
sin poder negar el paso que me nombra
ni hacer caso omiso a la llama que me incendia.

Soy luz que alumbra el mar
aunque no exista puerto ni oleajes tempestuosos;
soy el pausado vuelo de gaviotas
que observa el mundo y lo devora
o la lluvia que lava de prejuicios la discordia.

Es más de medianoche.
El tren silba en medio de la espesa oscuridad nocturna,
llama a los cuatro vientos, invoca tu presencia,
pero tú estás en otra geografía,
mas también en mi sueño te acurrucas
y hacemos de la noche el tiempo común de los insomnios.

A media noche juego a que te acercas,
dejas que mi tacto te exprese mis anhelos
en este espacio de nostalgia.
Este juego de reloj y calendarios entrelaza el deseo;
la luna opaca hastío y lamento.

No hay más oscuridad.
El sueño ocupa todo el espacio de la noche.

Confesión

Confieso que las noches
siempre me parecen cortas,
cada día debiera tener más de veinticuatro horas
para tener tiempo de construir los sueños.
La vida no alcanza para tanto anhelo.

Algunas veces he querido dejar la ciudad
y sin maleta irme al mar,
sin ropa ni equipaje;
el hombre no debería programar
horas, encuentros y destinos,
tampoco su tiempo de amor
menos su vida,
porque andar sin destino
es por antonomasia la búsqueda perpetua.

Una vez encontré a una dama
en una ciudad apenas conocida;
hicimos el amor
y cada quien retornó a su camino,
a su signo y a sus luces;
estoy seguro que como yo, ella
-sólo ella porque nunca conocí su nombre-
recuerda la manera como descubrimos la luz de las estrellas
en una alcoba, de un antiguo edificio,
con enormes vidrieras en dirección al poniente,
y sonríe, sólo sonríe cuando recuerda;
ese día vimos cómo el cielo
se iba colmando de fuego y nostalgia, con el gozo transmitido
en íntima confesión por su voz dulce y tenue,
y luego descubrimos la luna a través de los cristales.

En otra ocasión, en el puerto,
una joven me ofreció sus lágrimas
y vi cómo el dolor se iba quedando impregnado
sobre la mesa, primero, y luego en las sábanas casuales
mientras surgía la luz en su rostro,
cada minuto más bello
conforme se iba borrando su desdicha.

Y así,
un día,
otro,
mis pasos me han llevado a percibir aromas sin medida
sin necesidad de nombres y apellidos,
de contratos y rutinas; sin haber programado
la cita con hora, lugar y protocolo.
Así he conocido la forma de inventar la lluvia
y he descubierto la luz con sus colores y matices,
el tiempo equinoccial y el tránsito infinito.

Sólo el horizonte abierto
para la luz que se inventa
con el color del sueño.
Sólo una sonrisa y el tacto sin medida,
el aroma del cuerpo y el clima de los días,
la lluvia, el mar,
la luna, el infinito.

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