Eduardo Martínez Hurtado (Cd. del Carmen, Campeche, 20/06/97)

Cuenta regresiva

Texto leído en la presentación
del libro Cuenta regresiva

Eduardo Martínez Hurtado

Dos caminos nos condujeron a este recinto: la poesía y el hombre. Ambos son camino. Sólo que para transitar esos caminos, perversamente atractivos como un pecado, nuestros sentidos deben estar despiertos; de lo contrario, podríamos sufrir la tragedia de Orfeo que por mirar atrás desoye la advertencia y pierde a su amada Eurídice, o quizá quedemos atrapados en el laberinto dedálico si el hilo que da sustento a la razón desde los peñones del sueño, se rompiera de pronto. Por eso, en presencia de la poesía, nuestra mente debe ser como un ave a espacios abiertos, en pleno vuelo.

Hablemos primero de la poesía y luego del hombre. El silogismo de Bécquer: «bien podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía», es una universal que jerarquiza a la poesía sobre el hombre. Y la poesía de Roberto Arizmendi es antes de Arizmendi y será eternamente después de él. Esto puede ser una paráfrasis del epígrafe de su Cuenta regresiva, cuando dice «Su sola mención en la eternidad es más antigua que todo lo existente; anterior a cualquier forma o rastro».

Estamos, pues, en presencia de la poesía. Una selección sui generis, brillante por su contenido, clara por su forma. Yo la llamaría Antología Poética Incompleta, porque siempre faltará en ella el poema postrer, aquel que en ironía suprema está impreso desde el pórtico: un nombre que al interpretarlo y hacerlo nuestro se nos derramará siempre como vino generoso hecho de anécdotas, pasiones, vivencias, ilusiones, amores, celebraciones, victorias, canciones. Plenitud de vida y vida plena. Poema no revelado, poema en clave cuya resolución, autor, es camino que conduce al poeta. Es decir, al segundo camino, el hombre.

Poesía es poesía, dijo Novalis. Lo cito para que entendamos de una vez por todas que no se trata de retórica, sino de esencia. Vista así, la poesía no es definición sino vivencia, imágenes y colores, cuadros cotidianos, charla, espejos donde se distorsiona el tiempo, dice poéticamente Arizmendi.

Poesía es el lugar exacto donde convergen la luz y el sentimiento. La realidad, difuminada ante el poeta, cobra una dimensión diferente, metafísica. Ahí tiene lugar el parto luminoso del arte, gracias a la sensibilidad del hombre que forja, en el yunque de la palabra, el verso.

Agradezco la deferencia que la Universidad Autónoma del Carmen me otorga para que, en su representación, dirija unas palabras en torno de la poesía de Roberto Arizmendi. Ello me puso en la encrucijada de los dos caminos que mencionábamos al principio de esta disertación. Cuando abrí el volumen intitulado Cuenta regresiva ingresé al universo Arizmendi hecho de las palabras poeta, académico, humanista, poema. Encontré reminiscencias becquerianas como «el poema eres tú», y vetas profundas de optimismo y, a veces, de desesperanzas nerudeanas como cuando exclama:

«¿Qué tiene este mar
sin exactos matices,
estas olas
altas
silenciosas
carentes de esperanzas?

Mientras,
el mundo seco y agresivo
es un desierto
con falsos oasis
circundantes.

Cada minuto de silencio me sorprende
con la vista perdida
en horizontes azules
alucinantes
nervios crispados
por el tiempo que anida
y la punta,
el principio,
el momento repetido tantas veces,
la palabra
la misma palabra que se perdió en tu boca,
la misma boca
delineada
tantas veces
el labio
el diente
el acto de morder con la sonrisa.

Cada gota de silencio empieza a destilar
un círculo de duda
de no saber cuándo
y cómo
aunque el lugar espere desde la misma historia.

¿Qué se le va quedando a este mar
con sus olas
altas
silenciosas,
sin vientos de esperanzas?

La poesía de Arizmendi es un guiño al romanticismo. Evocación suave y lejana, acaso íntima nostalgia del sentimiento amoroso. La mujer queda atrapada en juegos semánticos. La suya es una propuesta con el reencuentro que, a veces, suele ser el recuerdo. Su camino es la poesía que describe volutas de letras suavemente por el horizonte, para que alguien las lea. Lejos de las estridencias, sus versos son espontáneos y coloquiales. Trozos de optimismo paridos por la alegría de vivir, porque celebra el gozo de cada día: alegre, nostálgico, travieso, ansioso, buscador y taciturno, como él mismo se define. ¿Acaso no es un testimonio el siguiente poema?

No reniego de aciertos
ni de errores
descubro
en cada uno de mis pasos
nuevo color para los horizontes.

En su producción poética, la nostalgia engarza tristezas y temores remotos como presentimientos:

Si algún día
mujer
mi casa deja de ser
un poco
nuestra casa,
si los lirios florecen sólo a media
o si la vida trunca nuestra historia
no me pidas que olvida tu mirada,
los mudos instantes de abandono,
el árido desierto de nuestras soledades
o la sonrisa que juntos generamos
para darle color y esencia a nuestros días

En otro poema, Arizmendi dice: soy sólo un transeúnte que va reconociendo ciudades… La distancia, los caminos, los puertos, son una obsesión en su poesía. «Decidir el camino» es un ejemplo:

Yo lo sé,
todos los días nos vamos corriendo hacia el trabajo
-ese dejarnos llevar a donde sea
por miedo al hambre
por miedo a que nos pisen la barriga…
Una mañana,
de repente nos paramos y decimos:
hasta aquí
sin mucha convicción y sin constancia
y nos salimos a la calle
a que nos muerda el sol
como otras veces.

El tiempo era una obsesión en William Shakespeare. Han dicho sus críticos que le preocupaba la fragilidad humana frente al tiempo. Ya Elliot decía en su Tierra Baldía que «así la oscuridad será la luz y la inmovilidad la danza». Arizmendi propone la vida y el movimiento como antítesis del miedo al transcurrir del tiempo. Y con orgullo dice:

le pusimos casa a la promesa,
le pusimos un hijo, dos
una esperanza
(decidimos hacer transformaciones
dejar de ser un poco
negar materia y tiempo
proceder a creaciones y extensiones
a jugarles la broma a los dioses
y a la magia
a renovar los cuatro puntos cardinales.

La libertad es otra virtud del universo poético Arizmendi. Las cotidianidades casi anecdóticas se vierten generosas. Versos libres, suaves, claros, fluyen como un manantial y «hacen camino al andar», como diría Machado. Me subyugó leer el siguiente poema:

De niño me enseñaron a rezar
a decir buenos días, usted disculpe,
buenos modales, caravanas
a creer de verdad que todos eran buenos
en el fondo,
y a perdonar a quien alguna vez
ni modo
tuviera la osadía de ofenderme.
Con el tiempo aprendí
que a algunos
sin recato
puedes decirles
que chinguen a su madre,
pero no es una frase
lo que cambia el mundo.

Definitivamente, estoy de acuerdo con Arizmendi: no es una frase lo que cambia el mundo; lo hecho, hecho está, la formación de uno es propia, es su personalidad, es la poesía lo que transforma. Es el camino que se abre como un brazo a lo largo del túnel del tiempo para unirse a otros brazos, a otros caminos, formando puentes para andar sobre los mares, muy alto, cerca de las estrellas, muy adentro del corazón, porque a veces esa poesía tiene el sabor dulzón y la ingenuidad de la infancia.

En la incertidumbre que no cesa, el poeta escribe:

Ahora estoy de pie
solo,
sin rumbo

y me recuerda al español Miguel Hernández en «El rayo que no cesa», donde deplora la guerra civil de su Patria y la ausencia de la compañera hogareña. Porque Arizmendi inserta la interrogante:

¿Por qué las nubes se agigantan
en esta oscuridad que no termina?

Y me recuerda, asimismo, a Martínez Ortega en su breve «Oración para morir a solas», cuando dice:

 

porque he crecido solo
y soy un caminante del silencio
que nunca pudo traspasar el ancho

Imposible, amables oyentes, concluir un ensayo en torno del universo Arizmendi. Los dos caminos han hecho ramales hacia diversos horizontes y destinos. Caminarlos, uno a uno, nos llevaría muchas lunas y soles. Nos permitiría, eso sí, nutrirnos de la sabiduría y las claridades, tropezar con el optimismo y el gozo de la vida, incluso después de la vida, como asiente en «Altar de Muertos» y «Reconstrucción», donde el pesimismo por la muerte se torna sortilegio y ensoñación metafísica.

Me regocijo con esta oportunidad que me ha dado la Universidad Autónoma del Carmen para disertar brevemente acerca de la obra de quien es, además de un poeta completo, un hombre comprometido con la vida, con su condición temporal y con sus semejantes. Hoy se abre ante nosotros un camino llamado Roberto que nos conducirá al universo Arizmendi. De antemano, le doy las gracias por traer luz y savia a la tierra baldía.

 

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Comentarios hechos en la presentación del libro Cuenta regresiva, en el Salón de Usos Múltiples de la Biblioteca de la Universidad Autónoma del Carmen, Ciudad del Carmen, Campeche, el viernes 20 de junio de 1997.

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