Daniel Sada (Xalapa, Ver., 10/09/93)

Camino sin retorno y Verano que no termina

Roberto Arizmendi: retorno a la esencia

Daniel Sada

Pocos son los poetas que, tras una exploración acuciosa en la lírica, retornan a la esencia expresiva. Sin embargo, me adelanto a decir que referirse a la esencialidad a estas alturas del milenio no deja de representar un peligro, ya que por una parte, existe el deseo ferviente, aunque nebuloso, de devolverle a la poesía su misión legendaria y anunciadora, y por la otra, depurar la expresión hasta despojarla de lo accesorio para exhibir lo sustantivo. En la lírica clásica este doble cometido se concreta en uno solo: es la lucha frontal contra el artilugio, siempre y cuando, también, se preserve el canto. Pero en una época como la nuestra donde los contagios están a la orden del día, es difícil mantener una voz, una concepción excepcional del arte poético en medio del bullicio. No obstante, para nuestra fortuna, los estruendos literarios son tan simbólicos y efímeros, que es necesario casi siempre aguardar a que los poetas concluyan sus ciclos, o terminen por solidificar su universo estético.

Sirva este leit motiv para referirme a la ya extensa obra de Roberto Arizmendi, que culmina, desde luego, de manera parcial con la publicación de estos dos libros: Camino sin retorno, editado por la Universidad Autónoma de Sinaloa, y Verano que no termina, dado a conocer por la Universidad Veracruzana.

Conozco a Roberto desde hace un poco más de quince años, y desde un primer momento trabamos amistad que se ha mantenido gracias a nuestros intereses comunes: el mundo del arte, y más especialmente, de la poesía. Desde que tuve contacto con su quehacer literario, pude percibir en él una rara combinación entre espontaneidad y exégesis, muy al margen, definitivamente, de los rejuegos sensuales y de los devaneos metafóricos, cuyo relumbrón busca a toda costa el impacto, antes que la esencia y la sabiduría. En Arizmendi pesa más el recuento -trama de la memoria y crisol de la vivencia- que la observación meticulosa de cualquier fenómeno extraño. En este sentido su poética se acerca más al tono confesional que al registro empírico de los seres y de las cosas. De hecho, la poesía de Roberto Arizmendi no se supedita exclusivamente a las sensaciones ni pretende desentrañar, a ultranza, los enigmas de la vida. A cambio, la memoria actúa, y para ello se hace necesario un recorrido previo, a la vez que una reordenación sublimizada de la experiencia, en concordancia con el asombro. No obstante, más que descubrir Arizmendi ordena, calibra y reconstruye esos lados ocultos de la realidad, en donde el hombre -y he aquí la esencia cabal de su visión- es el transformador maquinal o el destructor voluntario de sí mismo.

Una percepción de esta naturaleza le permite al poeta tocar sin inhibiciones un sinnúmero de temas que, mediante asociaciones sucintas, se truecan y se complementan. Esta libertad conceptual hace que Roberto Arizmendi toque lo social, lo amoroso, lo existencial y sus arbitrios insolubles, sin que para ello se ampare en el asidero de la metáfora o en la gracia de una imagen sensual. Su conquista estética siempre será a posteriori, porque se impone la vida antes que la escritura.

De ahí que Arizmendi descarte, de antemano, la edificación de laboratorio personal en el que se extraigan y sopesen las substancias estéticas. Para Roberto Arizmendi la exploración lírica siempre tendrá como premisa la experiencia, fuente de la especulación, y quizá de obsesiones todavía indeterminadas.

Cabe agregar aquí que, al revisar los ocho poemarios que constituyen hasta ahora la obra de Roberto Arizmendi, no se observan cambios radicales, fruto de incertidumbres flagrantes o sortilegios conceptuales. Se trata, más bien, de una amplificación sublimizada de un trayecto que no termina nunca. El andamiaje persiste, es silencioso, porque la esencia del poeta es discurrir antes que buscar resonancias inmediatas. A eso se debe que en Roberto Arizmendi jamás haya agotamiento estético porque tampoco hay renuncia a la vida.

 

 

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Texto leído en la presentación de los libros Camino sin retorno y Verano que no termina, en la Casa de la Cultura “Jesús Reyes Heroles”, Francisco Sosa Nº 202, Coyoacán, México, D.F., el 19 de agosto de 1993. Posteriormente fue leído en la presentación del libro Verano que no termina en el “Auditorio de Radio UV”, de la Universidad Veracruzana, Clavijero Nº 24, Xalapa, Ver., el viernes 10 de septiembre de 1993.

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2 respuestas a “Daniel Sada (Xalapa, Ver., 10/09/93)”

  1. citlali dice:

    gracias espero reciba mi comentario

  2. citlali dice:

    realmente no conosco al autor pero leeì este texto y me parece interesante donde se menciona que el hombre es destructor o inventor de si mismo.desde luego la mujer tambien lo es sin embargo a veces tras de ella hay un autor escondido,anónimo que hace que se autodrestruya la mujer y el verdadero móvil queda intacto y goza ver como esa persona se autodestruye usando su saber para aniquilar al menos psicologicamente a alguien. gracias