Chetumal (2002)

 

El jueves 12 de septiembre de 2002 la Universidad de Quintana Roo realizó la presentación del libro de Roberto Arizmendi titulado En medio de la noche, editado por la misma institución, en la Sala Anexa a Rectoría, un auditorio de usos múltiples que albergó a un grupo de estudiantes, maestros y personas de la población chetumaleña aficionados a la poesía. La mesa estuvo presidida por el rector de la UQROO, Efraín Villanueva Arcos, el autor Roberto Arizmendi y dos comentaristas: los escritores y académicos Javier España y Raúl Arístides Pérez Aguilar.

 

 

 

 

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En medio de la noche: luz verdadera.

Sobre Roberto Arizmendi

Javier España

Cuando despertamos en medio de la noche, el espíritu descubre la fragilidad del equilibrio de las cosas. Preguntas forman más preguntas ¿Es así el signo que nos nombra?, ¿un trazo en el aire de los sueños?, ¿un relámpago entre las manos del deseo?, ¿un latido insonoro de plenitud amatoria? La naturaleza de los sentidos mira hacia adentro para converger con su impulso en una sola intención de canto; es decir, la poesía que despierta en medio de la noche.

Suelto el lirismo, los perfiles del sentimiento se estremecen ante la posibilidad de ser o no ser. De esta manera se cumple para seguirse cumpliendo la voz del poeta Roberto Arizmendi. Es más que una constante esta sobriedad de la emoción, esta necesidad del verso de decirse a media voz, como se dictan los – sueños verdaderos, en medio de la noche.

En este peregrinar de la sensibilidad abierta, hay el riesgo de descubrirse a orillas de nuestro propio abismo, amanecer sin damos cuenta que hemos perdido el día, el amor pleno. Cuando el lenguaje adelgaza de falsos apotegmas y se vierte en la profunda reflexión de las emociones, la advertencia del dolor es el destino que nos nombra y que nos llama en medio de la noche.

Roberto Arizmendi sabe de las razones de las lluvias nocturnas, de las pieles nocturnas, de los miedos nocturnos, de los amaneceres nocturnos, sobre todo cuando los cuerpos amantes no pueden tocarse ni ser el bivio de los espejos contrarios y necesarios. En camino a ser promesa, y también origen de la existencia, las voces sólo pueden decirse en medio de la noche.

Hay más de una imagen en la ruptura del yo con el nosotros. El pronombre singular nace para morir si éste no se extiende en la pluralidad del amor. Arizmendi conoce de estas fuentes, ha dictado más de una vez la palabra de todos, pero sólo en canto individual -y lo sabe el poeta- puede revelarse el espíritu compartido en medio de la noche.

Así la luz crece desde la oscuridad de sus más distantes definiciones, así la espera del amor es el asidero de las barcas más frágiles, así la poesía de Roberto Arizmendi vuelca de nuevo el elíxir de la palabra extendida hacia el fragor de los deseos, suma de vientos, de pájaros encendidos en la pasión de dictar al fuego más fuego. Un destino realizado en la aventura de estarse entregando para el verso. La invitación del decir está dada. Podemos naufragar o no, como posibilidad de la travesía existencial; sin embargo, el lenguaje poético deberá llevarnos a mejores estancias, haciéndonos arder en medio de la noche.

En cada línea de Roberto Arizmendi el pronunciamiento del encuentro amoroso se traduce en la incitante pregunta de la realización. Más allá de los matices del lenguaje, el sentimiento se convierte en acto cotidiano, en el potens sin ramificaciones, en el mirar de nuestro propio rostro. La inclemencia es derrotada por cada instante femenino, por la boca que nace en otros labios, por el ser en otra identidad, por saberse luz en medio de la noche.

Ahora, más que nunca, la vivencia amorosa ejerce un acto sumario de cada uno de los hombres que conforman nuestra entidad desguarnecida, y se transforma en el sitio dónde llegar, en el hálito determinante para seguir viviendo. Nunca, más que ahora, la ceniza de los cuerpos derrotados debe habitar en los momentos más desesperantes, en este tiempo donde el quebranto se forja en el dolor de las promesas falsas, en la sentencia de los encuentros sitiados por otros tiempos inclementes, por los miedos erguidos en medio de la noche.

Roberto Arizmendi nos hace despertar en otra noche, en el lugar donde la mujer nos salva y nos edifica a través de las palabras más cercanas, de las miradas únicas, de la fe en la vida que a veces parece ponerse en contra de sí misma. “…pero mi voz es un susurro/ que recorre tu cuerpo/ para que emerja de la neblina adormilante/ como luz que irradia/ en el tiempo/ mi sendero“, dice su poema Mi voz recorre tu cuerpo. El poeta ha encontrado la otra oscuridad, no la del dolor ni la del hombre que observa la soledad de sus manos, sino la oscuridad que construye la condición del amor venturoso, en medio de la noche.

No son pocos poetas dentro de nuestra tradición literaria que han alcanzado el ritmo ascendente de la emoción, pero sí pocos los que han designado al amor como hábito selectivo, como razón de los cuerpos aspirantes, de las palabras sencillas y profundas. Entre estos poetas se encuentra Roberto Arizmendi. No hay contradicción ni distracción en su poética. Su emotiva declaración de los esenciales asuntos del hombre en su existencia han convertido, en su jerarquía propia y voluntaria, al sentimiento amatorio en la principal premisa de su voz, en el hilo conductor de su definición personal, de su silencio pronunciado en medio de la noche, de cualquier noche humana.

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Invención y descubrimiento en la poesía de Roberto Arizmendi

Raúl Arístides Pérez Aguilar
“Hay tiempo para escribir
hacer oficio de escribano y testigo
inventor de palabras…”

nos dice Roberto Arizmendi en su poemario En medio de la noche con la inherente declaración, en este ejercicio intelectual, que existe un tiempo vital en el que es posible amar, vivir, adivinar, oler, gritar, soñar, abrir, pero sobre todo inventar y descubrir. Acciones estas últimas que llevan como lastre semántico crear y hallar respectivamente.

El acto de creación parece ser más refinado que el de descubrir, sobre todo cuando se trata de hacer germinar versos que contengan poesía. Y poesía es lengua. Y estimular la eclosión de palabras para convertir en praderas la ciudad, la calle o la oficina, necesita tiempo, una imaginación con una criba muy fina y oficio. Ahí radica, creo, este caracol en medio de un rectángulo de agua que llamamos poesía.

El goce que han tenido las generaciones a causa de la intimidad que los poetas les han ofrecido, intimidad que parece estar en todos los rincones del espacio, en cada elemento que impregna la existencia, ha sido -las más de las veces- una especie de ofrenda a lo desconocido que necesita de un trabajo intelectual sistemático y que no siempre ha sido bien aprehendido por la crítica. Entender y valorar los textos poéticos también es un oficio que puede resultar fácil o complicado, pero no cabe duda que es sumamente gratificante.

El poemario de Roberto Arizmendi, dada su estructura discursiva, sus elementos de semejanza y contraste, es un conjunto sencillo y accesible de textos que nos instalan en el punto de partida que es la cotidianeidad de la existencia con todos los rigores, soledades, compendios, rutinas, ensueños, esperas y esperanzas.

En él se percibe la imaginación que criba el lenguaje cotidiano para convertirlo en el tintero en el que el escribano escancia su pluma para colmar de color, agua y tiempo la dura página contenedora de intimidades que logran salvar las distancias y evitan la muerte.

En los versos de Arizmendi señorea una preocupación por el tiempo, el tiempo constante que deja huellas y caricias, el tiempo inventado y en cuya invención la herramienta y elemento ha sido la visión onírica del mundo, el tiempo anónimo en el que la libertad es ejercida como una necesidad de nombrar con el lenguaje y por ese acto sencillo crear, el tiempo detenido en el espasmo placentero y gozoso del cuerpo, el tiempo en que el amor es un ser balsámico que cura de la soledad y del anonimato, el tiempo nuevo que es el descubrimiento del amor que nos transforma y agiganta.

Otra constante en los versos es la luz, luz de recuerdos, luz coincidente, luz que inaugura, luz adolescente y faro que descubre lo desconocido, luz de algarabía, luz vocal, luz cuerpo y amor, luz que inventa y se repite, luz que matiza y es interior, luz temporal y líquida que besa y lava los calendarios con su domesticada lengua.

Si el tiempo y la luz miden e iluminan la vida, el sueño, el amor y el agua la mantienen, le dan origen. El sueño inaugura el deseo, el amor lo transforma, el agua lo purifica. El amor provoca el descubrimiento del “yo” en el “otro”, el sueño es la invención del “yo”, el agua es el origen del “yo” en el “otro”. El agua, ya como mar y huella, sueño y rocío, lluvia y llanto, es el origen de la vida, del amor y del sueño.

Estas constantes temáticas en el poemario de Arizmendi, en el que aparecen sin nombrarlos la sexualidad, el destino, la búsqueda del yo en la persona amada, entremezclan sus existencias y encuentran acomodo junto a la compañía adecuada como un rompecabezas que -pareciera- fácil de armar por la sencillez de sus expresiones.

Sin embargo, esta sencillez es aparente. Si el vehículo de la poesía es la lengua y la poesía es a veces un enigma, entonces la lengua también lo es. Empero, lo enigmático de ambas radica en su extrañeza si se las compara con los sucesos que ocurren en el mundo y que sí podemos descifrar por medio del lenguaje. La poesía muestra a la palabra ejerciendo su libertad plena y descifrando al mundo mediante la selección lingüística del poeta. Situación que puede convertirse en una lápida y no lograr la revelación que el escritor propone cuando dice: tu lluvia renovada o las manecillas que mágicamente adormecen luz y espacios. La extrañeza del texto poético radica en que produce sorpresa, crea lo desconocido.

Ahora bien, esta sencillez aparente no ahoga el contenido de los poemas de Arizmendi. En ellos se percibe el oficio de escribano y el oficio de inventor de palabras. Pero no sólo es inventar palabras sino dejar que ejerciten con entera libertad su prodigioso ser. Si el poeta ha dicho: la muerte no existe, la negación a ese estado gobierna la expresión. No hay más. Sin embargo, sabemos que la muerte sí existe a pesar de lo dicho. El poeta niega su existencia porque el aroma de los labios que lo besan es dulce, y en ese sentido, lo más lejano a ese momento es la muerte.

El acto de crear necesita de una selección previa, el acto de descubrir también. El primero urde, juega con el lenguaje, lo hace dúctil al tacto de los versos y a la eufonía; el otro, mueve las piezas léxicas buscando, indagando en las vías musculares o en las vidas paralelas de los cables.

Creación y descubrimiento persiguen llegar a lo desconocido del lenguaje y administran grandes o pequeñas dosis de trabajo en esa búsqueda para causar sorpresa en el lector.

Tanto la creación como el descubrimiento en lo cotidiano aparecen en los poemas de Arzmendi con matices que nos hacen pensar necesariamente en Sabines o José Emilio Pacheco, también en la primera época del Neruda abierto de corazón y de capa, en López Velarde y su prima Águeda, en Villaurrutia y su nostálgica muerte, en Novo que renueva el amor en su primera época, en Paz y su muerte erótica, en el escandaloso erotismo de Segovia, en la finura de Gorostiza y en la libertad de la palabra que se opone al mutismo recalcitrante de solamente mirar al mundo y no decir o escribir nada sobre él.

El amor erótico, el devaneo onírico, la lluvia transformadora, el tiempo sánscrito, la invención de las herramientas para amar, el descubrimiento del “yo” en el “otro” es el muelle que factura Arizmendi para alcanzar el mar entrañable que pone ante nosotros con poemas sencillos, cotidianos, que maduran y que revelan lo majestuoso del mundo y de la existencia a través del descubrimiento y la creación de lo desconocido. Este es el reto. Esta es la invitación para leerlos.

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Descubrí la palabra y con ella avanzo en el camino.

Roberto Arizmendi

He sido recorredor infatigable de caminos, buscador irredento, amante insaciable que ofrece y espera, romero y peregrino que predica y escucha, gambusino que escudriña entre las humedades, todas, para encontrar lo esencial del ser y del saber, del cotidiano acontecer y del universo que, por definición, es infinito.

Abrigo la certeza de que el ser humano es ser inacabado que se construye a diario y recorre las horas en una línea sinfín, siempre consigo y con los otros, pues no se arriba a las metas solo, ni solos podemos doblegar la adversidad y gozar en plenitud de la belleza que el universo ofrece.

He perfilado en el sueño, personas, circunstancias y colores, y he despertado, temprano, para empezar a construir desde la madrugada los cimientos de un mundo diferente, cercano al anhelo o al deseo, sabedor de que la vida es el reflejo de decisión y esfuerzo conjuntados, seguro de que el hombre construye sus linderos y expande sus espacios en el diario ejercicio de su libertad, convertida en amor que de múltiples maneras expresa y vive.

He encontrado en el mar estímulo constante, he aprendido el valor de la mesura y el ritmo o el coraje eventual para enfrentar tormentas. Como la vida misma, el mar es espacio de tránsito para navegar doblegando adversidad y enfrentando retos, pero buscando siempre la manera de alcanzar puerto de arribo, en donde alguien espera a que el reloj y el calendario precisen el instante.

He abierto las puertas de mi casa para que llegue el viento y se funda con el sol y las sonrisas; para que los colores inventen arco iris, y el diario quehacer invente de manera distinta otro alfabeto.

Descubro en jardines y praderas un mosaico de inéditas escenas, en donde el ser humano reposa o sueña; en la lluvia, la reiteración de que la vida es conjunción de humedades y sendas por trazarse; en el amor, el tiempo de la dicha, la confrontación de diferencias, la fuente de donde surge el tesoro que sacia y transforma, que define plenitud y asombro, que concreta la dimensión del tiempo, la construcción de historias, la condición esencial del ser que se completa y realiza.

Y en este camino recorrido, descubrí la palabra; y con ella avanzo para decir y describir mi tiempo, para dar santo y seña de amor y desencantos, de plenitudes y esperanzas, de horas de ansia por aprenderlo todo, y desaliento, a veces, por la escasez del tiempo que se acaba.

En mis textos dejo constancia de ese tiempo, de las horas vividas y escritas como urgencia y testimonio. Textos escritos en una sala o una alcoba, en un cuarto de hotel, en cualquier ciudad, en cualquier país o continente, en un avión o en el estudio, de noche, de día o madrugada. Textos que se comparten como el aire común que respiramos o el anhelo donde confluyen nuestros sueños.

En este poemario que la Universidad de Quintana Roo ha editado, como muestra de generosidad y acto de mecenas del arte, que escasean en un mundo tecnologizado y global, fiel a su función de rescate y divulgación de las diversas expresiones del arte, la ciencia y la tecnología, la cultura -en fin- que es manifestación diversa de todo lo que el hombre crea y produce en cualquier momento de la historia.

En este volumen titulado En medio de la noche, entrego una constancia de vida. En él están impresos y reunidos mis vivencias, mis hijos, las mujeres que he amado, las experiencias y riquezas recibidas, los amigos, los fieles amigos que están en todo tiempo sin importar condiciones y circunstancias, los placeres vividos, los momentos de gozo, el libre deambular de los sentidos en todo lo que se experimenta o vive.

Es un pequeño libro donde deambula el amor sin licencia previa, ni condición alguna: libre como la pluma que rasga el papel, cualquier noche, para dejar plasmado un testimonio de amor o de esperanza, de placer o búsqueda, de gozo y plenitud, de humedades nocturnas que se entreveran con el sueño y el deseo o con el perfil del mundo que se anhela; pero, en todo caso, vivencia objetiva que se comparte con los presentes y con los lectores que lleguen a repasar las ochenta páginas de una plaquette de plenitudes, dispuestas una a una como una historia que se cuenta con desenfado y sin prejuicios: directo como un recorrido por campos recónditos, praderas e inmensidades oceánicas, o un rayo de luna en medio de la noche que transforma el sueño y la vida.

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