Cd. Obregón (2005)

El 15 de abril de 2005, en el Auditorio de la Universidad Tecnológica del Sur de Sonora, con sede en Ciudad Obregón, se hizo la presentación del poemario de Roberto Arizmendi titulado Sueños. El Rector de la institución, Lic. Alberto Flores Urbina, dio la bienvenida y presentó al autor del libro, así como a la poeta Elva Macías, a cargo de quien estuvieron os comentarios sobre el reciente libro de Arizmendi.


 

 

 

 

 

 

 

Sueños de Roberto Arizmendi

 Elva Macías

El sueño, como acción fisiológica y como descanso, ocupa un tercio de nuestra vida, los sueños nocturnos, es decir lo que soñamos durante el sueño, es aproximadamente la décima parte de nuestra vida. El sueño y la vigilia tienen sus leyes, las del subconsciente el primero, las de nuestra vida en sociedad la segunda. Sin embargo, hay una tercera dimensión en la que discurren muchos de nuestros afanes: la ensoñación. “Sólo la ensoñación nos hará libres”, dice Gastón Bachelard. Esa libertad es la que especialmente goza el creador al concebir y escribir su poesía. Y en esa atmósfera y con admirable soltura se desarrolla el libro que hoy presentamos. Sueños de amor, ensimismados, elegiacos por la conciencia de haber terminado el ciclo donde ese poema y ese amor se cumplen.

Con esa palabra, desnuda y sugerente, Sueños, ha titulado Roberto Arizmendi este intenso libro. En él hace gala de varios recursos poéticos afortunados: Es un libro unitario pues se trata de un sólo poema compuesto de 65 cantos numerados, es decir agrupados bajo un título único. Cada poema, por breve que sea, tiene su propio desarrollo y desenlace. Otro elemento que lo hace entrañable, es el uso de la segunda persona: el yo poético se dirige a ese tú que nos hace partícipes de una evocación dramática. Porque el único medio por el que se puede mantener vivo el diálogo con el ser amado, ahora ausente, es hacerlo destinatario de esta evocación que llega casi a la intimidad de una epístola.

El lector escucha y mira, es testigo, en un voyeurismo literario, de ese recordatorio amoroso, como si al asomarse a la alcoba de los amantes, cumpliera un testimonio de fe en el reino del amor y la alabanza. El poema cumple con creces el propósito con que fue concebido: dejar un testimonio de un amor profundo, evocar, al oído de la amada, lo que juntos vivieron, y seguir las huellas de esos pies delcazos y esas almas desnudas, cuando pasan a la impronta del arte, al poema donde sobreviven los amantes protagonistas de esta 1 historia, cuyo rito amoroso se seguirá cumpliendo cada vez que se cumpla su lectura.

Las grandes culturas orientales cultivaron la poesía erótica antes que la poesía amorosa porque así lo establecieron sus propias premisas, su desarrollo cultural e histórico, su formación filosófica y estética, en las que cuerpo y espíritu no están disociados como en las culturas judeo-cristianas. Y por la razón opuesta, son los poetas occidentales, formados en la idea del pecado y lo prohibido, los que primero cantaron al amor imposible en la Edad Media.

Puede ser el Dante Alighieri en Italia, con La Divina Comedia, o los poetas provenzales en Francia con sus canciones de amor cortés, grandes ejemplos de los iniciadores de esta tradición en la que, invariablemente, aspiraban el amor de una dama inalcanzable. El amor es pues, un invento de occidente que ha tenido, para fortuna de los mortales, muchos cambios en su concepción y en sus alcances. Es así como, tantos siglos después, el libro Sueños, de Roberto Arizmendi, se inserta en larga la tradición de la poesía amorosa de occidente. Pero este libro ya no canta al amor imposible, es una celebración del encuentro amoroso y de su dama -ya no inalcanzable- pero rodeada aún de la ensoñación que la idealiza y ¿por qué no? a través de la poesía, la eterniza y la hace universal.

Caminaba por el sendero
sin destino
y las notas de tu boca
-aún desconocidas
se convertían en luz…

Esas notas de luz que se vierten de la boca de la amada se prolongan hasta inundar el poema, en su tersura y musicalidad, en su vehemencia y equilibrio, en su poder evocativo y en esa luz que emana -usando una imagen del dramaturgo Carlos Olmos- del brillo de la ausencia, cuando el objeto del amor no está presente, que es cuando se escriben los mejores poemas amorosos.

Estos Sueños vienen, además, en un afortunado nicho, un libro sobrio, con una portada azul morado que muestra un paisaje metafísico, una fotografía de Gustavo López llamada “La danza de las horas” que, apaisada en su formato, parece una ventana al sueño donde adivinamos en su monocromía, la suave alfombra de los llanos secos bajo las copas caprichosas de dos árboles míticos, sobrevivientes a toda catástrofe, como los amantes de esta historia, cantada y contada para todos nosotros. Su sello editorial es de la Universidad de Guanajuato y se acompaña también con unas certeras palabras del destacado poeta cubano Waldo Leyva que mucho ha transitado en el mundo literario de América Latina y especialmente en el de México. Él señala que, en este libro, el autor “continúa una vocación de esperanza que con cierta terquedad sostiene toda su obra. Roberto es de esos poetas intensos que no quieren dejar nada a la casualidad”. Y dice hace al señalarlo porque nada es más propicio que la terquedad y la perseverancia, que la lucidez y la precisión, para enriquecer el oficio de un escritor.

Y otro colega nuestro, el excelente poeta Eduardo Langagne, se ha referido a otras obras que tienen vasos comunicantes con este poema que se sustenta con cantos a la amada y por lo mismo, cantos a todas las amadas de la tierra:

La presencia de una mujer, la mujer, las mujeres, estará poblando el sueño. Pero no sólo su presencia, también su ausencia presentida. Para Flaubert “una mujer dibujada es una sola mujer, una mujer descrita es todas las mujeres “. López Velarde, que ha sido llamado padre soltero de la poesía mexicana, sin dejar de cantar a la mujer, piensa que el hijo que no ha tenido es su verdadera obra de arte. Dice Juan Gelman que cuando vino la muerte a llevarse a un hombre, de oficio albañil, le dijo: “tiene que venir también tu corazón”, el hombre contestó: “no lo tengo, mi corazón ha hecho su casa en una mujer”.

Arizmendi encuentra en el sueño a la mujer y su circunstancia, valga el enunciado. La imagen que se diluye como fantasma entre la niebla, por ejemplo, o una presencia intemporal, porque en los sueños el tiempo se mide de otra manera. (termina la cita).

Así también, de diversa manera, cada poeta canta sus instancias amorosas, sus rompimientos, sus pérdidas y añoranzas. En este libro que hoy celebramos, una luz contenida e íntima, como la de un velador en la mesa de noche, trasmina cada canto, cada metáfora, cada imagen. No hay estridencias que desarmonicen, ni cambios violentos de voz. Se desliza su escritura en la suavidad y la certeza del sueño. Muchas veces el que sueña, aunque el escenario no concuerde con la realidad, tiene la seguridad de que visita ciertos lugares y ciertas compañías. Este libro escrito entre la ensoñación, el sueño y la vigilia, guarda vehemencia y autenticidad. Es, en suma, un sueño circular que arrebatado al mundo onírico dice en su último canto:

Soñé que eras un sueño
y al despertar
supe
que de verdad
eres el sueño.

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