Cd. Obregón (2002)

 

El sábado 19 de octubre de 2002 en el Auditorio de la Biblioteca Pública Municipal se llevó a cabo la presentación del poemario de Roberto Arizmendi En medio de la noche, en el marco del Festival Cultural Tetabiakte convocado y organizado por diversos grupos y organismos culturales del municipio de Cajeme en el sur del estado de Sonora en México. La presentación y comentarios estuvieron a cargo del gran poeta sonorense Juan Manz.En las suelas del tiempo amoroso.

Juan Manz

Roberto Arizmendi, se sitúa en medio de la noche para recorrer su tiempo amoroso, para saborear la miel de la ternura que describe la órbita del sueño que lo vela junto al recuerdo de la mujer amada. A pesar de que se empeña en fijar el presente que me alumbra, como declara en uno de sus primeros poemas, no puede apartarse del pasado, y como un reloj contrario a su naturaleza de girar siempre a su diestra, no tiene más alternativa que la regresión manecilla en mano, para ir congelando el tiempo en los instantes que lo han hecho gozar de su libre espiritualidad, de su amor por la vida que siempre lo llama a recorrer el mundo, a girar en la espiral que lo jala desde su voz poética.

En su poema Confesión, nos propone un ser humano no programable, cito: el hombre no debería programar horas, encuentros y destinos, tampoco su tiempo de amor, menos su vida… y termina proponiéndonos a un ciudadano del mundo, con las suelas del tiempo puestas más que en las plantas de los pies, en las alas de la mente, cito: porque andar sin destino / es por antonomasia la búsqueda perpetua.

Luego nos hace un recorrido por ese tiempo amoroso fortuito, sin nombres ni apellidos, en los que se ha entregado a la mujer sin reticencias, ni siquiera con cita previa, ni rutinas preconcebidas, en una ciudad apenas conocida, nos confiesa, con una dama que solo es ella, porque nunca conoció su nombre, y con quien viera como el cielo se iba colmando de fuego y nostalgia /con el gozo trasmitido… y en las sábanas casuales, en donde una joven de un puerto le ofreció sus lágrimas y su amor mientras surgía la luz en su rostro

Sólo el horizonte abierto / para la luz que se inventa / con el color del sueño. / Sólo una sonrisa y el tacto sin medida / el aroma del cuerpo y el clima de los días / la lluvia, el mar; la luna, el infinito… termina el poema confesional, un Arizmendi, dispuesto a mostramos el rostro anímico de un hacedor de versos sencillo y claro en la cotidianidad que anuncia; honesto en su entusiasmo de renombrar al mundo entretejido con sus más limpios anhelos; en su actitud de llevarnos del canto y de la mano en el coloquio con que nos describe su experiencia de soledad, que lo va conduciendo por la vida en las suelas del tiempo amoroso; siempre ese, su tiempo amoroso, frecuentado por sus más caros sueños y recuerdos.

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La poesía es recuento de humedades.

 

Roberto Arizmendi

Cada minuto de vida es una marca en el camino, un oasis en medio de la negligencia o el desencanto, una oportunidad de adicionar belleza a lo que se ve o toca, un canto para el amor; no hay más remedio.

Es más la fuerza del gozo para inundar los días, que la mediocridad que deambula como fantasma por el mundo o el desaliento de quienes permiten que las tormentas inunden sus espacios.

La vida tiene la medida personal de cada uno. Con el calor del tiempo tejemos nuestros días y es siempre la voluntad y la actitud la que deviene aliento y gozo para perfilar con precisión los horizontes.

La muerte no existe. Somos y permanecemos en los otros. Desde que dejamos la infancia y nacemos para el amor, nuestro camino queda marcado por el color de nuestro insaciable deseo de ser y trascender, por el anhelo irreductible de poder construir nuestros anhelos y decantar nuestra esperanza. No hay tiempo para las vacilaciones. Es corto el lapso de nuestro recorrido. Los constructores del mundo futuro -nuestros hijos- están comenzando a hacer su historia, y habremos de trascender en ellos y con ellos.

Nayeli y Layín nacieron del amor y andan seguros por el mundo descubriendo el alba y el ocaso cada día. Pero nunca fue más retador el tiempo que cuando el amor hizo de cada instante una historia. Elyne abonó la tierra para las estaciones de asombro y esperanza.

El pequeño Michel, un día, escuchó mi voz que le anunciaba los arco iris sin medida y supo la dimensión exacta de los horizontes. Conoció de mi tiempo y de la historia. No se dejó amedrentar por la indolencia de los días y enfrenta una lucha denodada por alcanzar la luna con sus pasos.

Mayté fue concreción de sueños que se nutren con el aroma de los frutos dulces y sus ojos están haciendo un recuento de las horas de felicidad, que han inundado su espacio, desde el arribo a un universo de sorpresas.

El Jerom derrotó las discordias con su sonrisa abierta y cada día lucha por encontrar la nota musical precisa para su canto nuevo.

Y todos aprendimos a construir los tiempos y a escanciar el vino para degustar las horas y gozar la historia. Siempre juntos, porque la vida no se recorre solo, nunca.

Aprendemos que la vida se aprende con la vida, que el siempre grato sabor de las madrugadas de amor, no es maná que en el desierto baja como ilusión de arcángeles sin nombre, sino que gozo y plenitud humana se construyen al ritmo del paso cotidiano, como oficio ancestral de amar sin cortapisas.

El amor no tiene edad precisa, pero abarca todas las horas de la vida.

Los niños nos enseñan su verdad y en ellos encontramos el aliciente de nacer, de nuevo, cada día.

La vida es fuente de contradicciones. El amor nos envuelve a todas horas; pero en su integridad, el amor también nos acerca, a veces, desencantos. Aprendemos, sin embargo, a reiniciar el camino con la riqueza asimilada del pretérito vivido y convertimos tormenta y vendaval, en horizontes de esperanza y sueños de gozo ilimitado.

Incompletos por definición, buscamos entretejer las líneas paralelas e inaugurar senderos donde corra un viento nuevo; las mujeres nos muestran el néctar de los dioses y los altares sin nombre para adorar el viento. Encontramos en su canto, la música de sombras y azahares. Le ponemos, entonces, nuevo nombre al amor en cada madrugada, al alba, cuando apuntan los primeros pincelazos de luz, sobre el lienzo azul del firmamento cotidiano.

Los amigos nos obsequian su palabra, su hombro o su lealtad incólume, para poder edificar los tiempos, con la certeza de que construir no es asunto de héroes sino de afanes compartidos y conjunción de voluntades. Y los ancianos, nos dejan su voz, sabia y profunda, para no dejarnos caer en los abismos.

Y todo esto tenemos que decirlo. Los poetas hablamos, a veces, en voz baja, para que nos escuchen sólo quienes creen en nosotros o nos aman, porque posiblemente tengamos miedo de que descubran que percibimos el mundo en su medida exacta, con sus miserias y fortunas, sin simulación ni desenfados.

No hay hipocresía, no queremos sino decir lo que sentimos o vemos o captamos, y lo volcamos sin misericordia alguna en una virginal hoja de papel, para dejar constancia del tiempo que vivimos.

Los poetas no hacemos historia, pero vamos reseñando con detalle la condición de cada ser, de cada espacio, de cada sueño y de todo lo que llena los pequeños mundos cotidianos. Sabemos que la poesía es recuento de humedades, porque es la esencia del amor con sus contradicciones.

Pero, también, descubrimos cada noche, que no podemos callar. Tomamos un lápiz y un trozo de papel para emborronar cuartillas y dejar constancia de nuestro tiempo social y de nuestras historias personales con sus fantasmas y con el canto de ángeles y querubines desafiantes.

Este poemario, En medio de la noche, conlleva el afán de compartir ilimitadamente lo visto y vivido, lo que se ha descubierto en la primera plana de un diario o en las imágenes de una cinta cinematográfica; lo observado en avenidas y jardines, lo vivido a través de las páginas de un libro o el pensamiento surgido en las horas de más profunda intimidad del ser, cuando se hace de la vida un sueño y se crean mundos diferentes en el sueño.

Es constancia de tiempo y vida. Es reflejo de mi mundo; pero también un grito de esperanza y aliento, para demostrar que la vida es más que amontonar hojas de calendario o dejar que los relojes avancen sus manecillas sin destino.

Cada minuto podemos convertirlo en horizonte ilimitado. Y estos poemas dicen, con la palabra, lo que el camino conserva como huella indeleble, como reflexión de vigilia y sueños de esperanza.

Muchas gracias.

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