Carlos Illescas (Cd. de México, 22/04/85)

Historias compartidas

Comentarios

Carlos Illescas

Roberto Arizmendi sabe que la poesía es el único ejercicio por cuyo medio sometemos la naturaleza a nuestra imagen y semejanza.

Sabe que ella no difiere de las cosas sino que, en cambio, la poesía son las cosas mismas, pero vistas en sus expresiones más secretas. Aquí los sentidos, allá la conciencia, más allá el pensamiento: todo ello en un punto de la captación reiterada tras la capacidad de transformación a fin de hallar nuestra imagen. Y hallada nuestra semejanza se propicia el fluir de apacibles y tormentosas apetencias, sobre todo las que persisten en totalizar la angustia, el terror, la cólera del justo: pasto ya de sus panteras.

En Historias compartidas, el mundo se viene abajo muchas veces y otras tantas se alza. Los días aciagos de 1968 desfilan en película proyectada sobre una pantalla de la frustración. Los versos van y vienen penetrando la materia de todo cuanto expresa injusticia, pesadilla, realidad recortada a trozos por una tijera inflexible. El canto se produce merced a imágenes instantáneas a mitad de luces y sombras. Sin embargo, en forma paralela a la nefanda evocación se produce el amor.

Siempre expresa gran eficacia reunir en un solo espacio a la muerte y al amor: juntar los labios de ambos, presenciar su beso, perpetuar el estremecimiento que unidos producen para recordarnos que los contrarios: amor y muerte, sólo hallan sitio en los seres humanos, virtud por la cual aspiran a inmortalizarnos como a Tristán e Isolda en su perpetuo entonar el libes-tod; o sea el canto de amor y de la muerte.

Y sorprende Arizmendi al patentizarnos cómo rehuye el tono épico, prohijador, entre otros patentismos, de las terribles invocaciones y aullantes truenos. A reserva de ir a los cantos iniciados y terminados en la invocación universal de las cosas, sus versos corren breves, son nerviosos y, sobre todo, se vierten en el oído en trazos insinuantes y confesionales. Esta es una manera de ver la lírica como contraparte de la épica que, por su atronar, descuida los silencios.

Los versos amorosos de Historias compartidas, permiten escuchar la respiración de los amantes. Hay en los pequeños ríos de las sensaciones multiplicación de reflejos provenientes de lo cotidiano, esta cosa metida en luces sofocadas que nos rodea y nos esculpe.

Y en lo cotidiano halla Arizmendi a la angustia ocupar a largos ratos sitios propicios en donde regalar su pereza. Angustia del hombre que al nomás abrir los ojos mira frente a sí la reglamentación de la vida en oficinas llenas de siempres, siempres de bofetadas. Y nadie se queja, y nadie llora: pero los versos sí nos desgarran por testimoniar los grados de miseria en que suele caer el ser humano al ofrecer sus vellones a las tijeras de la rutina. Aborregamiento que impide escuchar las voces de quienes cayeron acribillados.

Más que épicos, líricos son los versos: sin embargo no fallan en la tarea de sugerir la construcción de un gran mural dedicado a perpetuar el gemido que aún no termina de prolongarse en actos, hechos, historia y todo cuanto media entre el hombre y su cadáver.

Hay unos versos, titulados “Septiembre”, revestidos de una eficacia particularmente dramática por su sencillez, por lo que conllevan de olvido, pero al mismo tiempo de memoria impidiéndose a sí misma caducar. Es el agua una nueva vez la referencia de la purificación, el líquido borrando de la arena olvidadiza las huellas indeseables. Y claro, lo dicen los versos, es prolongación del ser. Y no es que Arizmendi recurra a una poesía metafísica para descubrir el amor implícito en la memoria y el olvido, no; la tonalidad de su instrumento expresa en notas sostenidas, que la realidad al trasmutarse en uno mismo por los misteriosos pasos de la poesía, halla el sentimiento todo unificador que es el amor en su mayor vigencia. Leo:

El agua se desliza como siempre
sobre las piedras lavadas
del amor desbocado que nos une.
Queremos saber qué es eso de la prolongación,
el ser,
la negación de sí,
y el cuerpo hecho de amor.

Y sin embargo nada ha pasado ni terminará de transcurrir. Los muertos no entierran a sus muertos y los amantes al lavar las piedras, no hacen más que renovar la lluvia del rencor sin concesiones.

Por lo demás, se trata de un libro escrito con versos que tratan de recortar la realidad en breves cantos en los cuales además de las desgarraduras dichas, se exalta a la pareja humana, lo cotidiano, el dolor del mundo, el paso del tiempo, la risa de los objetos, y la tarea, a veces inexplicable, de vivir.

 

___________________________________

Texto leído en la presentación del libro Historias compartidas realizada en la “Galería Metropolitana” de la Universidad Autónoma Metropolitana, Medellín 28, Col. Roma, de la Cd. de México, el lunes 22 de abril de 1985.

Trackback URL

Los comentarios están cerrados.