Benjamín Araujo (Chetumal, Q.R., 06/05/96)

Cuenta regresiva

Repaso de la vida o poesía del retorno,
palabra sin retorno

(En torno a Cuenta regresiva, Antología poética de Roberto Arizmendi)

Benjamín Araujo

Afortunadas casualidades se tejieron para que hoy tuviera, el que habla, la oportunidad de estar aquí, en Chetumal, para poner un poco de agua a esa delicada planta que es la amistad, al tiempo que rendir tributo a otro placer vital: la poesía.

La primera de todas -causal no casuística-, en orden de importancia por ser el centro de nuestra atención hoy 6 de mayo de 1996: que Roberto Arizmendi cumpla con fidelidad bizarra, ya casi 34 años de ejercicio escribano. El oficio de la palabra requiere entrega a toda prueba, es exigente y absorbente dado que otorga sus mejores esencias sólo a aquellos que muestran y demuestran capacidad de compromiso.

Enseguida, en ese encabalgamiento fortuito, ocurrieron una serie más de formales coincidencias que hacen de esta presentación libresca, una representación de la fidelidad a la palabra y al hombre, desde sus más hondas perspectivas.

Conocí a Roberto Arizmendi, bien lo recuerdo, en Hermosillo, Sonora, en 1966, en un Congreso Nacional de Prensa Estudiantil. Y es ahora precisamente de la Universidad de Sonora de donde me llega este libro Cuenta regresiva, esta antología poética que abarca la producción de nuestro amigo entre 1962 y 1995. A partir de aquel ya lejano 1966 -seguramente un 1966 en que muchos de ustedes ni siquiera habían nacido- en el norte del país, íbamos a tener contados pero hondos encuentros, en todos los casos signados por el compromiso siempre renovado por desentrañar la vida, sea por el acto o por la palabra, como nuestro autor dijo alguna vez en Ciudad Victoria, Tamaulipas, para intentar definir el tráfago vivencial de estos días que corren:

(recorrer) caminos, a merced de los rayos del sol, de la
belleza o crueldad del clima y la geografía, de
la eventualidad de las lluvias, del rejuego caprichoso de
los ríos, de la esperanza surgida de la luz de la luna,
de los mil caminos que se presentan como opción
en el diario transcurrir del tiempo…”

Es una definición en prosa, del autor, sobre su trabajo poético y sobre su definición de lo que es la vida.

El tiempo pasó. En 1981 me tocó en suerte ser el primer editor de la poesía de Roberto Arizmendi. Aquello ocurrió en marzo, lo recuerdo muy bien en la Universidad Autónoma del Estado de México, en Toluca. Me permití en ese entonces, en el prólogo del poemario primigenio de Arizmendi, Las cartas del tiempo, asumir que “Apuntes de lucha”, “Horas de crepúsculo” y “Constancia de tiempo”, las tres partes de ese breve texto, casi una plaquette, colocaban desde ya a su creador en un sitio del Olimpo de las Letras Nacionales, a condición desde luego de que él hiciera suya “la responsabilidad de continuar, de que no abandone la palabra…” Hoy han pasado quince años en donde han aparecido -no es fácil suponerlo, aunque sea fácil decirlo- once libros más que muestran el trabajo poético de Roberto Arizmendi, lo cual es bastante complejo y complicado, sobre todo cuando uno lee, como es el caso de esta antología, que hay una entrega, un compromiso vital al ejercicio poético.

Dije asimismo en aquel momento inaugural, de modo enfático, que el autor de Las cartas del tiempo, que publicó hace quince años la Universidad Autónoma del Estado de México, se constituía desde ese entonces, por méritos propios, en “una nueva voz -limpia, fresca, directa, coloquial- en la poética mexicana”. Hoy, luego de recorrer con prisa no exenta de gozo, la antología preparada por Héctor Carreto, tengo el placer de confirmar esas premoniciones que, desde luego, no hablan en favor del agorero sino del poeta.

La antología, por otra parte, resulta un exhaustivo trabajo de topografía poética de Carreto -de quien, por cierto, en esta fila de coincidencias, me tocó en suerte presentar su libro Habitante de los parques públicos, con el cual ganó el X Premio de Poesía “Luis Cernuda” en Sevilla, España, en 1990, y que en México lo publicó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 1992-; Carreto realizó una extraordinaria labor como guía del lector por las sinuosidades del trabajo escribano de Arizmendi; no tengo la menor duda.

Volver en orden regresivo hacia la voluminosa obra de Roberto, a través de las estancias de sus doce libros, es aleccionador, representativo, didáctico pero sobre todo supone la tácita elaboración de un discurso intrínseco, el cual propondría, me parece, los siguientes presupuestos para penetrar con mayor hondura en lo escrito por nuestro autor a lo largo y ancho de poco más de tres décadas:

Primero, que estamos ante la presencia de una voz existencial dolorida, pero compenetrada del instinto erótico como convencimiento de la vitalidad como valor per se;

Segundo, que el coloquialismo como sencillez formal resulta un recurso válido aún para tocar los grandes, únicos, sempiternos, temas de la poesía;

Tercero, en este mundo no ajeno a las modas literarias que lanza como premisa la preeminencia de la forma sobre el mensaje, Arizmendi revierte la fórmula para optar por la intensidad conversacional con el lector -que en veces puede ser él mismo-; se atreve a volcar lo que está de moda en este momento en la literatura nacional, en la que hay cada vez más poetas, pero menos poesía; más gente que escribe, pero menos que logra entrar al fondo, a lo hondo de la palabra. En este sentido Arizmendi vuelca lo que está de moda, no le hace caso, hace a un lado el recurso formal pero no esto no quiere decir que haga a un lado la necesidad de usar instrumentos válidos, sino simplemente primero vuelca el mensaje que es directo, coloquial, fresco, como lo dije en un inicio.

Cuarta, si existe un telón de fondo en esta obra que nos ocupa, ese es la angustia producida por el acto inefable de vivir.

Los temas de la cotidianidad contemporánea: el caos establecido, el amor y la pareja, el desamor y la soledad, el paisaje y la naturaleza humana, el devenir del tiempo y la muerte, aparecen en los versos de Roberto Arizmendi como una obsesión permanente. Me llevaron a mí a pensar en dos gentes que son temporalmente distantes, pero que en este momento finisecular son bastante cercanas desde mi perspectiva de lector: en un caso, Kirkergard; en el otro, Carlos Fuentes. En el caso de Kirkergard, nos recuerda Roberto Arizmendi que el espíritu, en tanto se halla en acecho, es en cierto sentido un poder hostil pues perturba continuamente la relación entre el alma -es decir la psique- y el cuerpo que tiene existencia ideal. Cuando leo a Arizmendi revivo nuevamente a Kirkergard pensando en que la angustia es la realidad de la libertad, como posibilidad antes de la posibilidad; tres términos están en juego -decía Kirkergard-: el psíquico, el corpóreo y el espiritual y son tres permanencias vitales en la poesía de Arizmendi. Finalmente, respecto a lo que dice Fuentes, en su texto Diana o la cazadora solitaria, quien nos recuerda los siguiente: “Nos atrevemos contra toda lógica al dolor eterno, nos atrevemos contra toda lógica, a darle lógica a la divinidad, nos decimos no pudo ser Dios el creador de la miseria y el sufrimiento, la crueldad y la barbarie humana, en todo caso esto no lo creó un buen Dios, sino el dios malo, el dios aparente, el dios enmascarado, al cual sólo podemos vencer agotando las armas del mal que él mismo creó. En ningún momento aparecen estas palabras, estos conceptos, en la obra de Arizmendi, pero son lectura entre líneas. Arizmendi nos plantea la necesidad de estar definiendo para qué vivimos, definiendo esas preguntas fundamentales de la filosofía para qué estamos en este mundo, a dónde vamos, qué será de nosotros; que son las preguntas fundamentales, otra vez las viejas preguntas de la filosofía que son preguntas también de la poesía y que son preguntas en este fin de siglo de un poeta como Roberto Arizmendi que es de Aguascalientes, que es mexicano, que ha sido publicado en una antología por la Universidad de Sonora, pero que es universal en el mejor sentido del término.

En el caso de esta antología Cuenta regresiva, de Roberto Arizmendi, podríamos decir dos cosas también de otras dos gentes distantes y distintas: de Pablo Neruda, podría signar también Roberto Arizmendi que para vivir ha nacido, para vivir ha vivido y para nacer ha nacido. Y con Quevedo, Arizmendi podría decir: “alma a quien todo un Dios prisión ha sido, velas que humor a tanto fuego han dado, médulas que han gloriosamente ardido, su cuerpo dejarán no su cuidado, serán cenizas mas tendrá sentido, polvo serán mas polvo enamorado”.

Ese es Roberto Arizmendi.

 

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Texto leído en la presentación del libro Cuenta regresiva, en el Auditorio-Sala de Juntas de la Universidad de Quintana Roo, Chetumal, Q.R., el 6 de mayo de 1996.

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