Arturo Castillo Alba (Cd. Victoria, Tam., (24/06/94)

El mar, origen y destino

Comentarios al libro El mar, origen y destino,
de Roberto Arizmendi

Arturo Castillo Alva

Soy un viajero
a la mitad del mar
en pleno invierno

dice Arizmendi y lo curioso es que nació en Aguascalientes, que no se cuánto pero está bastante lejos de la orilla.

Arizmendi, por otra parte, pertenece también a otro mar, el proceloso que, como fuera, navegaron los que se hicieron adultos en los años sesentas.

A penas empezada la década siguiente, hacia 1972, según dice la contraportada del libro que me ha tocado presentar esta noche, Arizmendi comienza a publicar sus textos, aunque es hasta los ochentas cuando publica un libro propio: Las cartas del tiempo.

La arena de la playa
como pajar
donde se busca el tiempo.

Como no soy victorense, no sé qué tanto vino a hacer Arizmendi a Ciudad Victoria y a la Universidad Autónoma de Tamaulipas por los tiempos en que fue antologado un texto suyo (1972), pero muchos años más tarde, los que entonces lo trataron aquí continuaban hablando bien de él.

Así lo conocí yo, de oídas. Después lo leí en la revista A Quien Corresponda, pero brevemente. Y una noche de febrero de este año nos presentaron en casa de Guillermo Samperio en el Distrito Federal. Como habrán de suponer, no hablamos mucho. No hablamos nada.

Luego; dos o tres meses luego, Guillermo Lavín me invitó a presentar un libro suyo. Tenía dos sobre el escritorio y me dijo: ¿Cuál quieres presentar? Y como yo nací junto al mar, escogí en consecuencia.

Tratando de ganarle al mar
un pedazo de playa
donde anide el amor.

Leí el libro de una sentada; una noche de estas, aquí en el café, haciendo pausas para mirar pasar las muchachas por la acera. Y la poesía y la alegría de las faldas y las blusas, me hicieron sentir nostalgia del puerto.

Sólo tu mar
resistió tempestades.

Esa noche, por cierto, no escribí nada sobre el libro. Sólo me quedé con algunos versos sueltos, en los bolsillos. No escribí nada porque no me gusta escribir sobre libros. No sé hacerlo y, extrañamente, siempre me invitan a presentarlos. Pero esa noche no me sentí muy culpable por no escribir, ni con Guillermo y menos con Arizmendi, porque los poetas sólo eso queremos: que algunos versos nuestros se vayan por ahí, sueltos, en los bolsillos.

Mientras la arena de tu playa
se moja en el reflujo de mis olas.

Iba a escribir: “en los bolsillos de algún marinero ebrio, que en la noche en que el barco parte es el último en subir a bordo”. Pero no, porque estaba hablando de mí y yo nunca he sido marinero (e imagino que Arizmendi tampoco). Y ahí iban los versos sueltos en mis bolsillos, haciendo un poco de ruido a cada paso por la temprana soledad de las calles victorenses que nunca desembocan en el mar, ¡qué pena!. Pero, en fin, había leído ya este pequeño libro de Roberto Arizmendi y ahora sólo tendría que sentarme cualquier día a escribir algunas líneas que hablaran de él; que dijeran ¿qué cosa?, tal vez que los poemas son, casi todos, breves; que no gritan en un tiempo de estruendo; que a veces parecen sólo insinuados en una sábana, detrás de una cortina, en la levedad de la arena; que dijeran ¿qué otra cosa?, ¿que los poemas de este libro debieran leerse porque todos deberían leer a los poetas?; o ¿que

el mar nos dejó
con la mente perdida
y los brazos sin fuerza?

¿que los poemas de Arizmendi son poemas sencillos que parecen haber sido dejados caer al azar, a lo largo de su vida, entre las páginas en blanco de los libros?

Lo que fuera, lo cierto es que ayer todavía no escribía nada. Empecé a escribir por la tarde en el avión. Interrumpí para volverme a mirar a Guillermo que me contaba de cuando Arizmendi le enviaba, cada cierto tiempo -no se cuánto, tal vez años-, copias de sus poemas. Y de las cartas, las muchas cartas que Arizmendi escribía.

Los poetas, a veces, son más importantes por lo que obran en la vida de los otros, que por lo que obran en la suya propia.

Como el mar. El mar, que va por todas las orillas donde los hombres habitan. Como el mar que abarca el universo.

Hasta este libro, Arizmendi ha publicado nueve poemarios.

Al mar, origen y destino, Arizmendi ha lanzado innumerables botellas con su mensaje, de unos cuantos versos dentro.

Un día el poeta comenzará a recibir respuestas.

Tal vez no reciba muchas o menos de las que, otra vez recibieron sus cartas innumerables; sobre todo, porque los tiempos actuales desafortunadamente no parecen ser tiempos propicios para la poesía.

Pero yo pienso que una sola respuesta bastará para justificar la tarea del poeta. Para sonreirle por última vez al mar que nos dejó, felizmente, con la mente perdida y los brazos sin fuerza.

Por mi parte, yo termino aquí estas palabras, tan poco coherentes, que espero sirvan para presentarles este libro nuevo de Roberto Arizmendi: El mar, origen y destino. Pero de cualquier forma, si no sirven, lean el libro y piensen luego en los eternos mares que nos cercan.

 

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Texto leído en la presentación de los libros Verano que no termina y El mar, origen y destino, en el “Café de la Plaza” del Centro Cultural Tamaulipas, Cd. Victoria, Tam. 24 de junio de 1994.

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2 respuestas a “Arturo Castillo Alba (Cd. Victoria, Tam., (24/06/94)”

  1. me gustaria tener el correo electronico de el sr. Arturo Castillo Alba

  2. montse dice:

    muy bun libro lo sdias perdidos y otra perdidas,ojala escriba mas.

    un saludo