Acela Bernal (Culiacán, Sin., 21/05/93)

Camino sin retorno

Comentarios sobre el libro de poemas
Camino sin retorno de Roberto Arizmendi

Acela Bernal

Quisiera decir que conozco a Roberto Arizmendi, el poeta, desde hace mucho tiempo y que es mi amigo de años atrás. La confianza de la amistad facilitaría mis comentarios y me daría buenos pretextos para hacer de esta intervención, una conversación más amena, quizás. No es así, apenas el miércoles a las seis de la tarde me entregaron su libro y por la contraportada me enteré que no es ésta su primera publicación, por lo cual lo felicito y me congratulo porque así podré conocer y disfrutar más con la lectura de su obra poética. Tampoco sé si es sinaloense y claro que me gustaría que lo fuera pues su obra pasaría a enriquecer el panorama de nuestro acervo literario; pero en realidad todo esto es un mero pretexto para abrirme camino y hablar de lo que verdaderamente nos interesa a todos los aquí presentes. He aquí mis comentarios, después de leer su libro con detenimiento:

He hallado en la poesía de Arizmendi una propuesta de vida, una aventura en la que se compromete consigo mismo y con su destino, marchando por el camino del lenguaje y de la libertad. Su libro Camino sin retorno es, como se titula uno de los compartimentos de que se compone éste, una búsqueda continua de sí mismo. Efectivamente, él se busca en forma decidida, pero no se encuentra, porque no halla respuesta para la serie de interrogantes que se plantean en los poemas del compartimento titulado “Las huellas de la historia” y cito:

Ah, cómo pudieron irse tan rápido las horas (p.12)
Por qué llegar hasta la tumba sin haberle peinado su llanto
/ a las mazorcas
(p.16).
Por qué no podemos ponerle nombre a los objetos (p.17).
Por qué se nos resbala el alfabeto (p.17).

Todas estas preguntas se quedan sin respuesta porque ni el poeta ni el hombre las conoce. Sin embargo, Arizmendi posee un agudo sentido para descubrir en la esperanza la realización y el conocimiento de sus sueños y sus deseos, sus pasiones y su universo anímico profundo, su ansia de trascender. Y así cuando nos dice:

Porque es destino del hombre,
eternamente buscar,
aunque no encuentre”
(p. 69),

se afirma su afán de ser auténtico ante una sociedad mecanizada e hipócrita, llena de valores artificiales y normas absurdas que nos agreden y nos frustran. Arizmendi busca en el fondo de su espíritu y hace palabra lo que ahí encuentra para así convertir su poesía en un mecanismo de liberación y en un método de conocimiento.

La poesía tiene el poder de sumergir al hombre en un mundo maravilloso, la fuente de esa maravilla es la vida misma y el motor que da impulso y energía a la vida es el amor. El tema del amor es pues fundamental en toda poesía y no podría ser menos en la de Arizmendi. En el compartimento titulado “Amor a todas horas” se manifiesta este sentimiento como una fusión entre el amor sublime y el erótico. El poeta quiere, como buen amante, vivir el dolor y el llanto de su pareja cuando dice:

Préstame todo lo que tengas
a la mano
para vivir un rato
con tu vida
(p. 30);

sabe que el amor destruye pero también cuando es firme, reivindica y por eso sugiere:

Cuando te canses ya
de deshacerme en partes,
constrúyeme de nuevo
(p. 31);

comprende que el amor se sublimiza con la renuncia y por eso propone:

Y cuando
quiero ser
para que seas
dejo de ser
y soy
(p. 35).

Arizmendi, dueño de una palabra sencilla que se lee con facilidad pero que no por eso nos conmueve menos, trasciende con sus poemas el campo de lo visual para adentrarse en terrenos más profundos que nos llevan de la reflexión al dolor, de lo conmovedor al escepticismo. Cumple pues cabalmente con la función del poeta, al entregarnos ese fluido luminoso que nos alumbra el espíritu y al tiempo que nos brinda el itinerario de sus emociones nos da a sus lectores la belleza de sus palabras y los inspirados mecanismos de su creación.

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Texto leído en la presentación del libro Camino sin retorno, realizada en la “Casa de la Cultura” de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en Culiacán, Sin., el viernes 21 de mayo de 1993.

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